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Comentarios sobre  textos casi inéditos de Viviana Marcela Iriart
Susana D Castillo

Desde el estreno de PUERTA ABIERTA AL MAR (2007, Venezuela), la creación literaria de la periodista argentina-venezolana Viviana Marcela  Iriart ha empezado a  darse a conocer de manera edificante. El exitoso montaje de PUERTA...., producido por Benjamín Cohen en el Ateneo de Caracas, resultó un hecho fortuito para poner de relieve la existencia de una serie de textos no sólo teatrales sino también novelísticos y poéticos de Iriart. La publicación de estas obras por una editorial reconocida esta aún por darse pero gracias a la comunicación cibernética, los fragmentos de sus obras y datos específicos sobre su acuciosa y sistemática labor están siendo apreciados  en un círculo internacional cada vez más respetable. Basta incursionar por las secciones de Escritoras Unidas (blogspot) para captar la entrega y compromiso de esta creadora.
De sus textos merece mención aparte su novela LEJOS DE CASA (1983) ya que constituye el trabajo germinal de su producción toda. En ella, una joven estudiante argentina, expatriada por la dictadura militar, proyecta la visión del entorno que abruptamente se le da  al incursionar en otras esferas culturales (primero en Venezuela y luego en Estados Unidos), vivencias estas que dejarán una lacerante huella de resonancias múltiples en la protagonista. Es de anotar que LEJOS...., de apoyatura autobiográfica, está enmarcada dentro de la etapa de álgidas luchas por los derechos civiles que brotaron  irrefrenables en todo el hemisferio.  La marca del exilio, ese desarraigo por el que ya no se está en su sitio en ningún lado, será una constante predominante en las creaciones de Iriart, proyectada en variadas exploraciones estilísticas y diversos géneros que irán desde unos “casi” poemas, como le ha llamado su autora, hasta  su novela UNA CIERTA MIRADA, fluida y transgresora, pasando por una tersa adaptación teatral de una entrevista de la autoría de Truman Capote.
Estos pliegos casi inéditos de Iriart (su publicación privada no ha pasado de cien ejemplares) giran alrededor de los temas de la pérdida, el desencuentro, la represión de regímenes dictatoriales, la violencia institucionalizada y sobretodo, el desconcierto ante los efectos alienantes de la misma en las relaciones humanas. El tema de la pasión, como eje de sus creaciones, surgirá con mayor relevancia más tarde concordando con la actitud renovadora e irreverente que caracteriza la escritura de Iriart.

Dentro de la producción poética, la autora explora con intensidad y con soltura varios registros. Así, se perciben hallazgos metafóricos en los  destellos tiernos y evocativos que afloran en poemas tales como los incluidos en LA CASA LILA (novela, 2002).

Pasan tres niños pequeños montados en un viejo caballo grande.
Pasa la niña que fui yendo a la escuela en sulky.
Los niños ríen, son felices.
También yo lo era, entonces.
Se paran delante de una mora rozagante de frutos
y las manitas revolotean en el aire, desesperadas.
El caballo pasta, tranquilo, indiferente a sus brincos.
La mora baja sus ramas para amamantar
a los niños con su leche negra.

Pero hay también un tono fustigador en expresiones poéticas recientes, como en “Este país,” (2009), donde su lenguaje se torna más directo y su mensaje, grave.

Este país huele a sangre.
Camino sobre sus muertos.
El crujir de sus huesos hiere.
Este país, tan hermoso, huele a muerte.
Este país es mi muerte.

La autora revela en sus artículos periodísticos (y en su blog) las influencias literarias que han hecho mella en su obra creativa así como los íconos de las últimas décadas que han despertado su interés. Ambos aspectos van a fundirse de manera decisiva en su producción literaria. De ahí que no sorprenda que Iriart, quien admira la figura y obra de Truman Capote, elabore (junto a Leonardo Losardo) la recreación teatral de una entrevista de tan controvertido personaje. El texto original en cuestión es “Vueltas nocturnas o sugerencias sexuales de dos gemelos siameses” material incluido en MUSIC FOR CHAMELEONS (1975), dedicado a Tennessee Williams.
La adaptación de Iriart y Losardo, “Truman” (1997), recoge con fidelidad las reflexiones y dudas del impredecible escritor en una entrevista que éste se hiciera a si mismo. Se dice que Andy Warhol, quien entonces dirigía la revista “Interview,” le propuso a Capote el realizar una serie de entrevistas a las grandes figuras del momento en un afán de motivar la productividad de éste. “Vueltas...” es una de esas entrevistas. Sin pensarlo dos veces, Capote se entrevistó a si mismo porque tenía conciencia del sitial que su figura había llegado a adquirir dentro del núcleo social e intelectual del momento.
El aporte de Iriart y Losardo en “Truman” consiste en la hábil construcción de un tercer personaje: Truman, a los sesenta años, encarando el fin de su asombrosa trayectoria vital. Así, a este tercer personaje se le adjudican los parlamentos más complejos e incisivos, más sagaces y esclarecedores. Bien se ha señalado que la vida del autor norteamericano estuvo llena de éxitos, notoriedad y escándalos (causados por sus adicciones y su abierta homosexualidad) con los que Truman trataba tal vez de compensar su abandono infantil, causado por el suicidio de su madre, circunstancia que lo corroía sin tregua. A esto se añadiría  un  sentido de culpabilidad que surgiría en relación con la obtención y uso del material medular de A SANGRE FRIA, obra que logró  su consagración literaria definitiva. En efecto. la crítica considera su “novela de no ficción” IN COLD BLOOD, una obra transformativa de la concepción del reportaje. Bien anuncia la contratapa del libro que su prosa es “de un gran brío estilístico” asociado sólo con las grandes ficciones. De hecho, la reciente película realizada en Hollywood sobre la atormentada y genial vida de Truman Capote registra el autocuestionamiento del autor al utilizar las  confidencias de dos reos involucrados en un sonado crimen. Los acusados fueron  ejecutados seis años más tarde de sus conversaciones con Capote, lapso de tiempo que el autor debió esperar para publicar dicho material como parte innovadora de su reportaje. Es de suponer que esto contribuyó a que los últimos años de su vida se convirtieran en entradas y salidas de hospitales y programas de rehabilitación. Iriart y Losardo, conscientes de las resonancias explosivas recogidas en  “Vueltas nocturnas....”, insertan la adaptación teatral al final de la travesía de Capote logrando con ello agregar dinamismo al conflicto del texto original. La obra cierra con un tango en la voz de Susana Rinaldi, otro ícono que Iriart atesora.

La pasión como tema central del texto se da claramente en UNA CIERTA MIRADA (1994) donde la autora disecta el misterio de una atracción irrefrenable entre sus dos personajes centrales. De manera más que oportuna, Iriart nos relata, paso a paso y desde las páginas tomadas de los diarios de la pareja, los altibajos por los que atraviesan ambos personajes hasta cerciorarse de la correspondencia emotiva. El recurso de exponer los dos diarios, en forma alterna, elimina la necesidad de un narrador formal para el relato y lo que es más importante, produce un tono de inmediatez e intimidad entre el texto y  los lectores cómplices.
Es fácil advertir la admiración de Viviana Marcela Iriart por la obra de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi cuya producción ha circulado exitosamente después de la etapa literaria del boom. Y esta afinidad no es casual. Sus preferencias creativas las acercan como en el caso específico de UNA CIERTA MIRADA. Con ella comparte, en gran medida, su escogencia temática del amor obsesivo. Con ella además  coincide en la utilización de los géneros literarios sin rigidez, en la expresión de un erotismo franco y disfrutable, en sus ideales por la igualdad de la mujer. Es de señalar que en su trayectoria vital, ambas escritoras han sido afectadas de raíz por dictaduras represivas y llevan con ellas la ruptura del exilio.
La trama de la novela consiste en la interacción de dos mujeres, Gal y Francesca, quienes se resistirán inicialmente a una relación sentimental  por la extrañeza que produce en Gal una interacción lesbica y por el temor de ambas ante la reacción prejuiciada del entorno social. El texto es corto, ligero, ágil y aun lúdico, proyectado en trazos impresionistas. Hay pinceladas luminosas de ternura y de libido mezcladas con tonos grises de pesadillas, vestigios de violencia que se han quedado ancladas en la memoria, y de la confrontación con los preceptos religiosos y sociales de ese presente. El lenguaje se mantiene fluido de principio a fin y se hace uso de las metáforas de tipo sensorial en profusión  para proyectar el clima de erotismo que irradian sus personajes.

Tanto en la creación poética como en la concepción de sus obras teatrales y su producción novelística, Viviana Marcela Iriart viene definiendo cada vez con mayor rigor la temática y el lenguaje idóneo para sus válidas exploraciones literarias. Es de esperar que estos textos tengan pronta acogida en las casas editoriales comerciales para lograr la difusión amplia que ameritan.

San Diego, California, octubre 2009

Comentarios sobre  texto casi inéditos de Viviana Marcela Iriart
El numerito de la guerra

No estamos obligados a elegir entre Uribe y Chávez.
El espectáculo de la confrontación sólo les conviene a ellos

Por Alberto Barrera Tyszka

abarrera60@gmail.com

Dice un diputado de la Asamblea Nacional que "quien no quiere a su patria, no quiere a su madre". La frase es de una complejidad realmente asombrosa. Pertenece a ese género de argumentos que suelen gritarse un poco antes de lanzar una bofetada o un puñetazo. "¡La tuya!".

Con tal enjundia, el oficialismo piensa entusiasmarnos y convencernos de que un conflicto bélico con Colombia es algo tan legítimo, tan necesario y sentimental, como el amor a mamá.

Ya hablamos de la guerra casi en términos domésticos. Es parte de la incoherencia que vivimos. No es frecuente que el Presidente de un país alerte a sus compatriotas y los convide a prepararse para la guerra. Pero menos frecuente todavía es que los ciudadanos de ese país no se tomen la advertencia demasiado en serio. Ah, sí. Está bien. Avísanos cuando mandes los tanques.

El problema reside, quizás, en la constante reiteración de los recursos escénicos. Los procedimientos utilizados en cada espectáculo casi siempre son los mismos. Tarde o temprano, el público se cansa, pierde la fe. Porque el numerito de la guerra se parece bastante a, por ejemplo, el numerito del magnicidio. Apelan a la misma sensibilidad, invocan la misma amenaza, buscan provocar una movilización a partir del miedo o del afecto. Pero al final nunca pasa nada. Ya conocemos de sobra el método oficial para producir suspensos. Al llegar al clímax, todo de pronto se desvanece.

El numerito de la invasión también podría entrar en ese lote. No es saludable olvidar los días de entrenamiento, las pruebas de simulación que se realizaron en alguna de nuestras costas, previniendo la inminente irrupción del ejército enemigo. Jugar a la guerra siempre ha sido un viejo programa del Gobierno.

Suelen estas perfomances acompañarse también de una regla sentenciosa y tajante: son incuestionables. Ay de aquel que se atreva a criticar o a poner en duda la alarma oficial.

No se puede. No se debe. No hay tiempo para pensar. Quien haga una pregunta es un traidor. ¡Cómo extraña el gobierno bolivariano a Bush! ¡Cuánta falta le hace! Era el enemigo perfecto, ideal. George y Hugo hacían tan buena pareja. Hasta se financiaban mutuamente. No es lo mismo con Álvaro Uribe. Por más que insistan en señalar que quienes critican la guerra le hacen el juego a Uribe, nunca lograrán ser convincentes. Es un esquema demasiado simple. Bastante ha tardado América Latina en desembarazarse de ese tipo de trampas. Mucho le ha costado a la izquierda del continente entender que se puede estar en contra del bloqueo y también en contra de Fidel. Lo sabemos. No estamos obligados a elegir entre Uribe y Chávez. El espectáculo de la confrontación sólo les conviene a ellos.

Pero el numerito de la guerra, obviamente, también tiene consecuencias. En algún momento, los venezolanos tendremos que ponderar el costo cultural de estos diez años de vocación militarista.

Es ingenuo creer que no estamos tocados, que no somos otros. Contrariamente a lo que se pregona, me temo que desde el poder se ha ido distribuyendo y contagiando un nuevo sentido social que valora mucho menos la existencia, que entiende que la violencia es también una forma de negociación. No hace falta rascar detrás de los símbolos.

En el eslogan publicitario del Gobierno no dice "patria, socialismo y vida".

De eso se trata. Justamente. Quien pronuncia y convoca tan rápidamente a una posible guerra, no siente demasiado respeto por la vida.

Quien es capaz de utilizar un conflicto bélico para resolver diferencias o para distraer la atención sobre sus propias crisis internas, no repara demasiado en los demás, supone que la existencia de los otros también está a su servicio. Ordene usted, comandante.

La otra cara de esto no es menos dura y feroz: la omisión que mantiene el poder frente a la cantidad de muertos que, semana a semana, vamos sumando en el país.

La inseguridad que vivimos los venezolanos casi nunca aparece en la agenda retórica oficial. En vez de buscar tan vehemente la violencia fuera de nuestro territorio, tal vez el Gobierno debería atender la terrible violencia que se vive en su propio país. Nosotros no necesitamos otras guerras. Con la que tenemos dentro ya es suficiente.

Dice un diputado de la Asa mblea Naciona l que "quien no quiere a su patria, no quiere a su madre".

Yo recordé una carta que Joseph Roth le escribió a su madre, en mayo de 1930. El escritor austríaco se encontraba en Berlín y ya alertaba sobre el peligro terrible que podría significar Hitler. La tragedia apenas estaba comenzando. "Donde me va mal, ahí está mi patria", escribió.

El Nacional, 22 de noviembre de 2009


El numerito de la guerra
El cielo del teatro

Por Eugenio Barba


Discurso pronunciado en ocasión de la entrega del título Doctor Honoris Causa conferido por la Academia de Música y Teatro de Estonia, Tallinn, el 27 de mayo 2009.


Un amigo me ha aconsejado: “Debido a este honor que te confieren en Estonia, un país que nunca has visitado, deberías hacer un discurso profético. Deberías hablar del teatro como patria”.
Notando mi reacción escéptica, ha citado la frase de un gran actor italiano contemporáneo, Carmelo Bene, muerto hace algunos años. Dice: nulla patria in propheta – no hay ninguna patria en el profeta. Paradójica inversión de la antigua máxima evangélica: nemo propheta in patria, nadie es profeta en su patria.
Cada uno de nosotros posee al menos nueve vidas, tantas como dicen tienen los gatos. Pero entre mis nueve vidas, no está la del profeta. No pudiendo ni predecir ni predicar, vuelvo a reflexionar una vez más sobre la única realidad en la cual me reconozco: la casa que habito.
Los teatros son humildes casuchas, incluso cuando tienen salas decoradas de oros, estucos y terciopelos. Siempre rústicas y pequeñas, si se las parangona con la imponencia de los espectáculos que pueblan gloriosamente nuestra “sociedad del espectáculo”. El teatro está afuera de todo esto. ¿Periferia? ¿Isla de libertad? ¿Exilio que a la larga se torna deprimente?
- ¿No estás harto del teatro, luego de casi cincuenta años?
En el transcurso de los últimos meses, tres personas diferentes me han formulado esta pregunta con más o menos las mismas palabras. Es normal cuando uno se presenta como un viejo de cabellos blancos. Dos de mis interlocutores eran jóvenes inexpertos, casi desalentados ante la elección de ser actores. El tercero era un colega más viejo que yo.
A los tres respondí que no, que no estoy harto. La presión del trabajo me pesa más que antes, pero como compensación ha aumentado la paciencia. Sé que es sólo cuestión de tiempo, y tarde o temprano incluso los nudos más intrincados del oficio encuentran una solución. La mayoría de las veces es una solución sensata que había permanecido escondida. En raras y afortunadas ocasiones es una vía de salida a través de obstáculos que parecían insuperables. A pesar de los muchos años en la profesión, se siguen abriendo para mí de tanto en tanto vías imprevistas a lo largo de las cuales vuelvo a ser un debutante en el umbral de nuevas exploraciones. Caminos “jóvenes” me quitan de las espaldas y de los huesos la sensación de cansancio.
El viejo colega insistía:
- ¿De verdad no estás harto? Para serte sincero, no te creo.
- Y sin embargo es así.
- ¿Por qué?
- Sería un discurso largo. ¿Cuánto tiempo me das para responderte?
- Un par de palabras.
- Entonces te diré: porque en el teatro veo el cielo.
- ¡Ridículo!
- Lo ridículo es la riqueza del teatro. Su misterio.
Lanzó una pregunta casi irrisoria:
- ¿Lo ridículo es el misterio del teatro, o es su misterio el que es ridículo?
- Tanto el uno como el otro.
- Hazme el favor de explicármelo.
Se lo expliqué contándole una fábula. En la esquina de una plaza, en un pueblo en donde la gente vive afuera la mayor parte del tiempo, hay un pequeño teatro de títeres. Allí se representa una antigua historia: la trágica vida de Orestes que venga a su padre, mata al padrastro usurpador y, cegado de furor, apuñala a su madre. La venganza es considerada un deber del guerrero pero el matricidio es un delito sin absolución. Orestes teme que la cólera de los dioses caiga sobre él. Escruta el cielo para adivinar el castigo que le será dado. ¿La muerte? ¿La locura?
Mientras el títere Orestes trata de dirigir su mirada más allá del telón azul del cielo que esconde la morada de los dioses, hete aquí que se desata uno de esos temporales imprevistos que estallan en verano en los países calurosos. El teatrito es sacudido por el viento, la escenografía se desploma y se desgarra el papel azul que representaba el cielo. Y desgarrándose no le revela nada al títere Orestes. Allá arriba no hay ninguna divinidad sentada sobre una nube o sobre las cimas de los montes. Orestes continúa mirando en espera de respuestas, pero sólo ve el vacío.
La edad de los Mitos ha finalizado e inicia la de la desnuda Razón. Orestes se vuelve Hamlet.
- ¡No está mal! – dice mi viejo colega – ¿eres tú quien ha inventado esta historia?
- No, la cuenta un personaje de El difunto Matías Pascal, una novela de Pirandello. No pienso que Orestes sea el representante del mundo antiguo y Hamlet el exponente de la crisis de la consciencia moderna. Están siempre presentes simultáneamente. Esta simultaneidad de contrarios es para mí el teatro.
- ¿Quieres decirme que tú, como director, observas a tus actores como si fueran los directores de tu teatro mental? ¿Y esto sería el cielo, para tí? ¿El cielo que el teatro te hace ver?
- Mis actores son las dos caras de la luna captadas por una sola mirada. Siento, como un relámpago, las contradicciones de la “realidad” así como es – no como yo me la imagino. Y puedo trabajar sobre esta mirada con técnicas de artesano.
- ¿Por esto sostienes que no te harta continuar haciendo teatro, a pesar de la rutina inevitable, la búsqueda constante de dinero y el tener que recomenzar siempre de nuevo?
- Exactamente: a pesar de todo esto.
- Dime: ¿cómo definirías al cielo?
- ¿En un par de palabras?
- Sí, sólo un par.
- Lo que me protege de la vida.
- ¿Y al teatro?
- Idem.
- ¡Entonces crees en los dioses!
- Sí, pero sólo en los dioses descreídos.
No exagero diciendo que el teatro es lo que me protege de la vida. Pienso que no es sólo un oficio, sino un exiguo e infantil microcosmos en donde puedo vivir otras vidas. ¿Su vulnerable espacio de ficción y el hecho de ser juego, play, spiel, jeu, nos empobrece o nos bendice? ¿Su Arte, que no deja formas perdurables, es de verdad un arte menor, o un ejercicio de conocimiento que puede trascender al arte?
Hoy el teatro tiene muchas naturalezas. Pero ninguna puede crear el proverbial monumento “más duradero que el bronce”. Más allá de cualquier objetivo y sentido que cada uno da a la naturaleza del teatro que hace, nuestro trabajo no permanece, pero anuda relaciones. Sirve para viajar, cada uno hacia su propio individuo interior y junto a los otros. Sus raíces son las relaciones, tanto antes como después del espectáculo, entre aquellos que hacen teatro y aquellos que asisten: relaciones entre el pasado y el presente, entre la persona y el personaje, entre las intenciones y el acto, entre la historia y la biografía, entre lo visible y lo invisible, entre los vivos y los muertos.
El microcosmos del teatro no se nutre de los éxitos. Los triunfos ocasionales son sólo la espuma de la indiferencia circundante cuando golpea la playa de nuestros islotes teatrales. Nos lo enseña la experiencia. Así como lo explicó, una vez, con palabras punzantes, Vasili Vasilich Svetlovidov, el actor protagonista de El canto del cisne de Chejov. Se durmió en el camerino y se despertó en la soledad del teatro abandonado por los actores y espectadores. Sólo encontró como único compañero al apuntador de la compañía, acostumbrado a vivir bajo el escenario como una rata, pero una rata joven, entusiasmada por los milagros de la escena. Para él, Svetlovidov, protagonista de comedias y derrotista en la vida, desplegó su sabiduría: la sacralidad del arte es una patraña, sólo delirio y engaño.
Como es delirio y engaño el constante lamento sobre la decadencia del teatro, sobre su falta de congruencia respecto al espíritu de los tiempos, sobre su condena a permanecer siempre un taller artesanal con un complejo de inferioridad frente a las grandes industrias del espectáculo, temeroso de ser barrido de un golpe.
Los teatros no son sólo talleres, edificios imponentes o casuchas en ruinas en donde se refugian y habitan nuestras necesidades más oscuras. Son casas pequeñas, sí, pero con muchas escaleras.
¿De qué se nutren los microcosmos de los teatros? No de tecnología, sino de técnicas personales. Técnicas pequeñas, a manos desnudas, no solitarias y vividas en común. Por esto, concretamente, dan vida a patrias en miniatura. Los vientos de las aclamaciones y de los disensos pasan, pero las relaciones y las técnicas, si se orientan sobre nuestro valor interior propio, sobre nuestras mitologías y supersticiones, son capaces de oponer resistencia, de entrar en contacto con el exterior y de romper el aislamiento. Siempre y cuando no se satisfagan con los primeros pasos y no se limiten a los primeros peldaños, sobre los cuales, por breve tiempo, se sientan muchas veces aquellos que aman y gozan del teatro, pero sin alimentar su descontento. Como cuando se come sin hambre y se bebe sin sed, que para Baudelaire y Artaud eran pecados capitales para cualquiera que sea llamado a las artes.
Las técnicas personales del teatro son escaleras, se hunden y suben. Cuando tiene estas escaleras, nuestra casa es infinita.
Pienso en ciertas casas antiguas, pobres, de los pueblos del Sur de Italia, amenazadas por la humedad, privadas de confort, llenas de sombras, con ventanitas que parecen temer al calor y a la luz y encierran afuera los paisajes luminosos del mar y de los olivos. Casas en donde se vive apretado y en donde muchas veces la intolerancia recíproca de quien las habita, da a la vida cotidiana la angustia de la reclusión. Pero en cada una de ellas, una escalera pequeña, ennegrecida por el tiempo, conduce a un techo chato, en donde se puede permanecer de pie: una terraza sin barandas, que obliga a estar alerta porque basta un paso en falso para caer.
Una casa con un techo chato en donde impera el cielo. Y en donde cada uno puede dialogar consigo mismo perdiéndose con la mirada en el horizonte.
Semejante a esta casa es para mí, en una sola palabra, el teatro.



El cielo del teatro
Bautizo de la Revista Literaria Teatralidad  en Buenos Aires y Caracas



Juan Martins nos invita al Bautizo de la Revista de Crítica Literaria «Teatralidad», un evento que tendrá como antesala la representación de la obra «Arritmia» de Leonel Giacometto y dirigida por Juan Martins, con las interpretaciones de Doris Hoyos como«Ana1» y Mirla Campos como «Ana2» respectivamente. La presentación de la revista la llevará a cabo Miguel Torrence, miembro del Consejo Editorial de la misma quien nos hablará de su próximo libro VEREDA. Nos acompañará la coordinadora editorial Yoyiana Ahumada y su editor Juan Martins quien viene de presentar ésta, la revista, en la ciudad de Buenos Aires ante la Asociación Argentina de Investigación y Crítica Teatral. En este evento, participaron los críticos Jorge Dubatti, autor del artículo «Crítica y Verdad» el cual ha servido a su vez de título monográfico de este número, así como también el destacado antropólogo e investigador teatral Carlos Fos. Este evento está organizado por Cuarta Pared, Estival Teatro, Codarte y Librería Kalathos. Es necesario destacar que el bautizo de la revista ha sido un éxito en la ciudad de Buenos Aires.

LUGAR: Librería Kalathos (En la octava transversal de los Chorros entrando por la Avda. «Sucre» antes de JVG, cruzar a la derecha segunda cuadra a mano derecha. Centro de Arte los Galpones Parcela 29 Centro de Arte «Los Galpones».)

Hora: 6:00 pm.
Días: 19 y 20 de Diciembre

Antes del bautizo tendremos la obra «Arrtimia»:
Autor Leonel Giacometto
Grupos Estival Teatro/Codarte
Dirección Juan Martins
Asistente de dirección Mirla Campos
Producción Juan Martins
Doris Hoyos como «Ana1» y
Mirla Campos como «Ana 2»
Tecnosonido: José Miguel Castrillo
Musicalización Mirla Campos
Fotografía Ulises Urbina
Diseño Gráfico Karwin Poleo

La obra:
Arritmia pieza del dramaturgo argentino Leonel Giacometto Arritmia, bajo la dirección de Juan Martins, con las interpretaciones para su representación de Doris Hoyos como «Ana1» y Mirla Campos como «Ana 2». Comedia estructurada en dos personajes que inciden sobre el lugar que ocupan las personas de tercera edad: sus relaciones, afectos y vida. Por ejemplo, al final de sus vidas la soledad es el único espacio que les queda y que les permite, si quieren, equivocarse al tomar sus propias decisiones (¿acaso el derecho a la Eutanasia?). Es una comedia registrada por lo dramático de sus personajes. Es decir, nos reímos de nuestras propias miradas al tiempo

25.Zarzuela.
26.Cats,Gatos
27.Mujeres Woman