Víctor Montoya (La Paz, Bolivia, 1958). Escritor, periodista cultural y pedagogo. Vivió en los centros mineros de Siglo XX y Llallagua. En 1976, durante la dictadura militar de Hugo Banzer, fue perseguido, torturado y encarcelado. Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en la cárcel de mayor seguridad de Viacha-Conchocoro, escribió su libro de testimonio “Huelga y represión”. Liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia en 1977. Cursó estudios de pedagogía en el Instituto Superior de Profesores, en Estocolmo. Dictó lecciones de quechua, coordinó proyectos culturales en una biblioteca, dirigió Talleres de Literatura y ejerció la docencia durante varios años. Actualmente es colaborador de publicaciones en América Latina, Estados Unidos y Europa. Es autor de “Días y noches de angustia” (1982), “Cuentos Violentos” (1991), “El laberinto del pecado” (1993), “El eco de la conciencia” (1994), “Antología del cuento latinoamericano en Suecia” (1995), “Palabra encendida” (1996), “El niño en el cuento boliviano” (1999), “Cuentos de la mina” (2000), “Entre tumbas y pesadillas” (2002), “Fugas y socavones” (2002), “Literatura infantil: Lenguaje y fantasía” (2003) y “Poesía boliviana en Suecia” (2005). Dirigió las revistas literarias “PuertAbierta” y “Contraluz”. Su obra mereció premios y becas literarias. Es miembro de la Sociedad de Escritores Suecos y del PEN Club Internacional. Tiene cuentos traducidos y publicados en diversas antologías. Es editor responsable de la edición digital de los Narradores Latinoamericanos en Suecia: www.narradores.se
La lectura es de gran utilidad cuando se medita lo que se lee.
Malebranche
LaPrensaThe Press
pag 5
La Prensa/The Press. Keeping you informed. Informacion de tu Mundo
María Josefa Mujía (Sucre, 1812-1888), conocida también como la Ciega, escribió versos de dolor y de tristeza en la intimidad de su hogar. Sus biógrafos dicen que perdió la vista de tanto llorar la muerte de su padre a los catorce años de edad. Tenía una formación autodidacta y una inclinación natural a la versificación; único medio que le permitía transmitir con energía y precisión los sentimientos que le nacían desde lo más hondo de su ser.
María Josefa Mujía, considerada la primera poeta boliviana, alimentó su intelecto y su fantasía de la mano de su hermano Agustín, quien, además de leerle las obras de los clásicos del romanticismo español y francés, le dedicó su tiempo durante veinte años, prácticamente hasta el día en que él falleció en 1854. Desde entonces, y por cerca de treinta cuatro años, la poeta chuquisaqueña llevó una vida en soledad, privada del amor fraternal y sincero que le unía a su hermano, a quien le dictaba sus versos bajo la recomendación de no revelar jamás este “secreto”. Sin embargo, conmovido por la temática de los poemas, Agustín faltó a la promesa y se los enseñó confidencialmente a un amigo. Ello bastó para que se divulgase la condición poética de María Josefa Mujía, ya que, poco tiempo después, su poema, “La ciega”, apareció publicado en el periódico “Eco de la Opinión” de su ciudad natal.
El poema, que se supone dictó hacia 1850 y cuando frisaba aproximadamente los treinta y ocho años de edad, retrata la particular situación existencial de la autora, con un pesimismo que estrangula el corazón y un negativismo que oscurece la razón: “Todo es noche, noche oscura,/ Ya no veo la hermosura.../ Ya no es bello el firmamento;/ Ya no tienen lucimiento/ Las estrellas en el cielo,/ Todo cubre un negro velo,/ Ni el día tiene esplendor,/ No hay matices, no hay colores/ Ya no hay plantas, ya no hay flores,/ Ni el campo tiene verdor.../ Lo que en el mundo adorna y viste;/ Todo es noche, noche triste/ De confusión y pavor./ Doquier miro, doquier piso./ Nada encuentro y no diviso/ Más que lobreguez y horror.../ Y en medio de esta desdicha,/ Sólo me queda una dicha/ Y es la dicha de morir”.
No cabe duda de que estos versos, cargados de la insondable melancolía de un ser sensitivo y delicado, retratan de cuerpo entero a su autora, revelándonos tanto la naturaleza de un dolor sin consuelo como la soledad de su espíritu, debido a una insuficiencia que la apartó de la vida social y la condenó a asimilar los conocimientos literarios sólo de oídos, pero que, empero, no la impidió componer poemas que despertaron el interés de varios críticos como Gabriel René Moreno y el español Marcelino Menéndez y Pelayo, los mismos que, impactados por la calidad de su poesía y su situación de invidente, le dedicaron comentarios elogiosos en la prensa nacional y extranjera.
María Josefa Mujía, en el panorama de la literatura boliviana, corresponde al periodo del romanticismo, que tuvo lugar durante el siglo XIX; una época en la cual destacaron Manuel José Cortés, Mario Ramallo, Daniel Calvo, Néstor Galindo, Adela Zamudio, Ricardo Mujía, Manuel José Tovar y Nataniel Aguirre, entre otros. Se trataba de una generación de escritores que no sólo exaltó un espíritu de individualismo y subjetivismo sentimental, sino que también se movió inspirado por las ideas libertarias y las luchas anticolonialistas gestadas por los movimientos sociales y políticos que se desarrollaban tanto en Europa como en Latinoamérica.
A María Josefa Mujía, de corazón tierno y sensitivo, le tocó vivir la época en que los escritores, oponiéndose a la ilustración, el clasicismo y la revolución industrial, criticaban a las tiranías encaramadas en el poder, mientras se identificaban con las aspiraciones libertarias y se convertían en genuinos portavoces del clamor popular. Claro está que los poetas románicos, cansados de la búsqueda de la verdad y la razón, decidieron abrazar la belleza y la verdad, pero, sobre todo, se preocuparon por darle mayor sentido a los aspectos emocionales del ser y abogaron por el retorno del hombre a la naturaleza. Algunos poetas románticos, que despreciaban abiertamente el materialismo burgués y pregonaban la sencillez, fueron arrinconados por el avance avasallador del sistema capitalista, que los condujo a acabar con su vida mediante el suicidio; una medida extrema que simbolizaba de algún modo el descontento en una época en que los valores materiales parecían sobreponer a los valores humanos.
La poeta chuquisaqueña, a diferencia de sus colegas varones que eran mitad escritores y mitad políticos, se encerró en su mundo privado y, a pesar de estar alejada de la vida pública, expresó abiertamente su admiración por los padres de la patria, quienes crearon la República por sobre los intereses del colonialismo español. Aquí es donde María Josefa Mujía cumplió con su misión social y moral; primero, porque creía que la belleza era verdad y, segundo, porque rescató los valores más nobles del ser humano. No en vano en su poema “Bolívar”, escrito en circunstancias hasta hoy desconocidas, le dedicó versos de simpatía y admiración al Libertador de cinco naciones americanas: “Aquí reposa el ínclito guerrero:/ Bolivia triste y huérfana‚ en el mundo,/ Llora a su padre con dolor profundo,/Libertador de un hemisferio entero.../ Al resplandor de su invencible acero,/ Cayó el león de Iberia moribundo;/ Nació la libertad, árbol fecundo,/ Al eco de su voz temible y fiero.../ Honra a la historia y enaltece al hombre/ ¡Bolívar! genio de eternal memoria,/ Nombre que dice: ¡Libertad y gloria!”.
María Josefa Mujía experimentó también las ataduras sociales y morales de una época en que la mujer estaba condenada a vivir recluida entre las cuatro paredes del hogar, dedicada al cuidado de sus atributos femeninos y a los quehaceres domésticos, aparte de estar sometidas a los caprichos del varón, el mismo que, amparado por la cultura patriarcal y la doble moral religiosa, tomaba las decisiones sobre los aspectos concernientes a las superestructuras de la sociedad. Por entonces no era fácil ser mujer y mucho menos una mujer intelectual que, a tiempo de gozar de los mismos derechos que el hombre, influyera en el destino de la nación. Quizás por eso, y en despecho de su entorno social, decidió alejarse de los compromisos convencionales.
Lo curioso de esta romántica boliviana es su rechazo a vivir en pareja con el amor de su vida. No contrajo matrimonio ni formó familia. Su alma se cerró a uno de los sentimientos que más inspiró a los románticos de todos los tiempos; más todavía, en su poema, “Al amor”, calificó este sentimiento de “ídolo falso que el mortal adora”, sinónimo de “muerte, veneno y amargura”. Ella, que se ufanó de haber conservado su corazón ileso y libre del amor, afirmó en otros versos: “Si mi mejilla en llanto se humedece/ Y si en el corazón hay amargor,/ Si en la angustia, la dolencia crece,/ No es del acíbar de tu copa, amor.../ ¡No te conozco, y de esto me glorío!/ Tu nombre odioso escucho con horror,/ Y al ver que causas males mil, impío,/ Te dice el labio: ¡Maldición, amor!.../ Sé que el interés te vence, abate, humilla;/ Sé que los celos te dan gran temor;/ Sé que el mortal te inclina la rodilla./ Yo te desprecio y te maldigo, amor!”.
Si en su famoso poema “La ciega” revela la sombra de su vista y su alma, en un afán de encontrar la luz y la paz sólo en los brazos de la dama sombría que es la muerte; en su poema “Al amor” destila la amargura, la desilusión y el sentimiento de quien se sabe encerrada en un horrible cautiverio, donde no se siente la presencia de Dios sino de la desesperanza y el dolor. Aun así, su poesía resalta la conciencia del Yo como entidad autónoma y crea un universo propio de acuerdo a las circunstancias y necesidades que rodearon su situación existencial, compuesta de escenarios lúgubres y sentimientos de honda melancolía, como quien cumple al pie de la letra las aspiraciones profundas de los poetas más románticos de su época.
El Tío de la mina forma parte de mi vida y mi obra
Por Franziska Näther (*)
El escritor Víctor Montoya, nacido en La Paz, en 1958, se dedica desde hace muchos años al mundo minero en Bolivia. Las tradiciones, los mitos y las leyendas constituyen una gran parte de su obra literaria, que apunta hacia una realidad poco conocida fuera del país. Describe no sólo el universo fantástico de los mineros, sino también sus luchas y tragedias. Entró en contacto con la cultura minera desde que tiene uso de razón, porque vivió en las poblaciones de Siglo XX y Llallagua. Posteriormente, debido a sus actividades políticas, como dirigente estudiantil, fue torturado y encarcelado durante la dictatura militar de Hugo Banzer Suárez. En su cautiverio y burlando la vigilancia policial, escribió su primer libro “Huelga y represión”. Tras una campaña de Amnistía Internacional fue liberado y llegó exilado a Suecia en 1977. Desde entonces reside en Estocolmo, donde se dedica por completo al periodismo y la literatura. Su libro “Cuentos de la mina”, publicado el año 2000, es una ventana que permite contemplar el panorama de la cultura andina y es un buen ejemplo de la literatura que rescata con autencidad la temática minera.
- En tu libro “Cuentos de la mina” escribes en un estilo muy personal de la mitología minera. ¿Desde cuándo te dedicas a las leyendas y los mitos de los mineros bolivianos?
- Desde cuando empecé a escribir cuentos relacionados con el Tío de la mina, un personaje diabólico que está presente en los mitos y las leyendas del mundo minero. De modo que estos temas fascinantes de la cultura andina, que a mí me han acompañado a lo largo de mi vida, han surgido de un modo natural en mi obra literaria, tal vez porque estos temas tenían la necesidad de ser contados por un escritor que conocía de cerca la realidad de los mineros bolivianos, no sólo desde la perspectiva socioeconómica, sino también desde la perspectiva antropológica y cultural, puesto que los mitos y las leyendas son partes integrantes del folklore popular y la tradición oral.
- Conoces mucho de la realidad minera, de la miseria de los mineros y también del universo fantástico de la mina, porque procedes de una familia minera ¿En qué consiste la cultura minera para ti?
- La cultura minera no es ajena a cultura boliviana en general; al contrario, es sólo una parte de ésta, aunque tiene sus propias peculiaridades y costumbres, como ser la creencia en un personaje mitológico como es el Tío, quien, según la superstición popular, es el amo de los mineros y el protector de las riquezas minerales. La cultura minera, que está conformada por la cultura occidental y las culturas indígenas, se manifiesta, por ejemplo, a través del sincretismo religioso que se da entre las creencias cristianas y las creencias del paganismo ancestral. La cultura minera, desde la época de la colonia, asimila las costumbres de los conquistadores de Occidente, al mismo tiempo que conserva las costumbres culturales de las civilizaciones andinas. En las poblaciones mineras, como en el resto del territorio nacional, se produce un mestizaje que da origen a una cultura muy rica en manifestaciones folklóricas y en ritos mágico-religiosos.
- El protagonista de tus cuentos es el Tío, deidad de la cultura minera. ¿Qué significa el Tío para la cosmovisión andina?
- El Tío, que es una de las deidades más auténticas del ámbito minero, expresa los pensamientos y sentimientos más profundos de los trabajadores del subsuelo. El Tío, en la cosmovisión andina, es el máximo representante del Bien y del Mal. Es dios y diablo a la vez. Los mineros le temen y le rinden pleitesía ofrendándole cigarrillos, hojas de coca y botellas de aguardiente. Se dice que el Tío es bondadoso con quienes le tratan con respecto y cariño, y que es cruel y vengativo con quienes le tratan con indiferencia y desprecio. La gente está convencida de que el Tío, si está satisfecho y feliz, puede ser generoso y enseñarle al minero la veta más rica de estaño, pero si está resentido, puede provocarle la muerte en las galerías. De manera que el Tío, con atributos de ser mitológico, es una de las principales deidades de la cosmovisión andina. Él cumple la función de dios protector en el interior de la mina y los mineros depositan en él todas sus esperanzas.
- Tienes una estatuilla del Tío en tu casa y te acompaña desde hace muchos años en Suecia. ¿Se puede decir que tienes una relación muy emocional y fuerte con el Tío?
- Sí, aunque parezca extraño, tengo una relación muy particular con el Tío, a tal extremo que no sólo me bastó en convertirlo en uno de los protagonistas de mi obra, sino también tuve que hacerme enviar la estatuilla de un Tío desde Bolivia, quizás para rellenar un vacío emocional o existencial. Ahora lo tengo en mi casa, donde le ofrendo, al menos una vez al mes, cigarrillos, coca y alcohol. El Tío entró en mi vida desde aquel día en que mi abuelo materno, mientras se vaciaba una terrible tormenta entre los cerros, me refirió por primera vez la leyenda del Tío: “Dicen que el diablo llegó a las minas una noche de tormenta”, dijo, mientras yo le escuchaba con asombro y pavor. Desde entonces, el Tío no ha dejado de perseguirme por donde voy. El Tío de la mina forma parte de mi vida y mi obra. A veces, tengo la sensación de que habita dentro de mí, como si fuera mi propio espíritu, porque hay noches que me lo encuentro incluso en el laberinto de las pesadillas, exigiéndome que no lo olvide y que escriba un cuento sobre él, teniéndolo como a protagonista principal. ¿Qué te parece?
- Otros símbolos muy importantes de la cultura minera, como la coca y el Carnaval, desempeñan también un papel fundamental en “Cuentos de la mina”. Describes el Carnaval como una expresión muy antigua del sincretismo religioso y el mestizaje cultural. ¿Porqué?
- Porque esa es la verdad. Es cierto que en mis “Cuentos de la mina”, aparte de tratar la trágica situación de los trabajadores y sus familias, rescato varios de los símbolos de la cosmovisión andina y algunas de las tradiciones más arraigadas del folklore boliviano, como es el magnífico Carnaval de Oruro, cuyos orígenes datan desde la época de la colonia, cuando los mineros -o los “mitayos” de entonces-, decidieron disfrazarse de diablos en honor al Tío, para después, en actitud de sumisión y veneración, bailar la danza de la diablada en presencia de la Virgen de la Candelaria -o Virgen del Socavón-, quien, según cuenta la tradición, apareció de manera milagrosa en una cueva del Cerro Pie de Gallo. El Carnaval boliviano, aunque tiene ciertas reminiscencias de la Europa medieval, se caracteriza por representar el mestizaje cultural y el sincretismo religioso entre el monoteísmo católico y el politeísmo de las civilizaciones precolombinas. Por eso mismo, no es casual que los diablos, quienes representan al Tío en su aspecto y su conducta, bailen para la Virgen del Socavón como una forma de rendirle culto y veneración. Parece una contradicción, pero en el Carnaval se amalgaman el diablo y la Virgen, como dos elementos que, a pesar de sus diferencias, se fusionan en el modus vivendi de los habitantes del altiplano boliviano.
- Aunque vives desde 1977 en Suecia, se encuentra la temática minera en muchos de tus libros. ¿Es tu vínculo con Bolivia?
- Efectivamente, aunque vivo en Suecia desde hace muchos años, nunca he dejado de pensar en Bolivia y gran parte de mi literatura, además de abordar la temática minera, retrata los mil rostros de ese país multifacético, donde los dramáticos procesos políticos se combinan con el realismo mágico de cada día. Es más, yo suelo decir que cargo una Bolivia dentro de mí y que la llevo por donde voy, como si se tratara de un país portátil. En este sentido, mi literatura me mantiene vinculado con el país así sólo sea por medio de la escritura y la imaginación.
- ¿Eres el único autor que se dedica a la temática minera o existe una literatura minera en Latinoamérica?
- En Latinoamérica son varios los autores que han escrito sobre la temática minera desde mucho antes de que se conociera el sistema de producción capitalista. Sin embargo, en Bolivia, como en ningún otro país del continente, existen novelistas, cuentistas y poetas, que se han inspirado en la realidad dantesca de las minas para crear sus obras. Lo interesante del caso es que la mayoría de estos escritores, en su afán de denunciar las injusticias sociales y reivindicar los derechos de los trabajadores, han creado obras en el marco del llamado “realismo social”, sin darles mayor importancia a los mitos y las leyendas que, justamente, es lo que yo he intentado rescatar en mi obra. Este interés por acercarme al universo mágico y mítico de las minas es lo que me diferencia del resto de los autores bolivianos y latinoamericanos.
- Bolivia ha cambiado bastante en los últimos años. ¿Sigues pendiente de los últimos acontecimientos?
- Sí. Estoy al tanto de los acontecimientos a través de los medios de comunicación; los periódicos, la radio, la televisión y la Red de Internet, donde se puede encontrar una cantidad impresionante de información sobre Bolivia. Tengo la sensación de que, muchas veces, quienes vivimos en el exterior estamos mejor informados que las personas que viven en el interior del país. Ahora bien, es cierto que en los últimos años se han producido cambios sustanciales en provecho de las mayorías empobrecidas y marginadas. El simple hecho de que, por primera vez en la historia, se tenga un presidente de ascendencia indígena es por demás significativo para un país como Bolivia, donde los indígenas, desde la época de la colonia, han estado siempre al servicio de una minoría privilegiada de criollos y mestizos, quienes, como por mandato divino, controlaban el poder económico y, por lo tanto, el poder político.
- ¿Existe más que una Bolivia para ti? ¿Una Bolivia de tus recuerdos y otra Bolivia actual, con todos los cambios que se están experimentando?
- La Bolivia de mis recuerdos, la que dejé hace más de treinta años atrás cuando salí al exilio, se diferencia bastante de la Bolivia actual, porque ya no existe una dictadura militar y porque el pueblo, gracias a las luchas sociales de los obreros, estudiantes y campesinos, está experimentando un proceso revolucionario y democrático. Este proceso político, que no excluye como antes a los indígenas ni a los sectores más empobrecidos del campo y las ciudades, está empeñado en forjar una nación diferente a la que yo conservo en mis recuerdos del pasado. El gobierno actual, que ha sido reelegido mediante el voto electoral, está recuperando las riquezas naturales de manos del imperialismo y está estructurando un Estado nacional que permita la participación directa de los ciudadanos, quienes deben decidir el rumbo que debe tomar el país en el futuro. Yo espero que este proceso revolucionario se profundice, que se acabe con la gran propiedad privada, que se suprima la explotación del hombre por el hombre y se construya una sociedad donde todos tengas los mismos derechos y las mismas responsabilidades.
- ¿A qué te dedicas actualmente y sobre qué temas estás escribiendo?
-Me dedico íntegramente a la literatura desde hace algunos años. Dejé de trabajar como profesor para dedicarme a la literatura, aun sabiendo que no sería nada fácil vivir de este oficio. Actualmente tengo varios proyectos en mente y la temática minera sigue siendo uno de los pilares principales de mi producción literaria. No he dejado de escribir sobre los mineros ni sobre el Tío, quien es uno de los personaje más fascinantes de mi obra. No sería nada raro que, algún día, el Tío tenga vida propia y se mueva como cualquier mortal de carne y hueso, como ha ocurrido con tantas figuras literarias que, luego de haber sido creadas por la fantasía de un autor, han pasado a ocupar un lugar privilegiado entre nosotros, como si de veras hubiesen existido en la realidad.
- Cada cultura tiene un aporte ¿Cuál sería el aporte de Bolivia para el mundo y cuál crees que sería el aporte del mundo para Bolivia?
- No cabe duda de que Bolivia, por ser pluricultural, rico en folklore y en recursos naturales, tiene mucho que aportar al mundo. Es cuestión de descubrir este país mágico y secreto para darse cuenta de que posee una tradición inmemorial que no figura en los libros oficiales de historia, pero que se conserva en la memoria colectiva y la tradición oral. Bolivia ha sido un país, injustamente, rezagado en el contexto latinoamericano y mundial, aunque siempre, desde la época de la conquista española, ha aportado riquezas al mundo a cambio de pobreza. Sin embargo, Bolivia sigue teniendo mucho que aporta a la economía y a la cultura universal. Asimismo, en el proceso de integración de los pueblos a nivel continental, está dispuesto a enriquecerse con los aportes (en el contexto social, económico y cultural) de los demás países en este mundo cada vez más globalizado, pero a condición de que respeten su diversidad cultural y su soberanía nacional. Pienso que todos los países tienen mucho que dar y mucho que recibir, siempre y cuando este intercambio sea equitativo y esté al margen de los intereses mezquinos de los grandes monopolios imperialistas y de las culturas capitalistas dominantes que, por las buenas o por las malas, quieren imponer un modo de pensar y un modelo de vida.
* Franziska Näther es periodista y filóloga alemana. Estudió ciencias políticas y filología española en la Universidad de Leipzing.
El Tío de la mina
Querido Tío:
En esta fotografía, captada en el interior de la mina, destaca tu estatuilla de greda en medio de las ofrendas que te dejaron los mineros, quienes, sentados en los callapos* de la galería, pijcharon en tu presencia, suplicándote que les concedas el filón más rico de estaño y les protejas de las enfermedades y los peligros. Las botellas de aguardiente son para aplacar tu sed y rendirte culto, pero también para ch’allar en honor a la Pachamama, la divinidad andina que no se ve pero que guarda las riquezas en sus entrañas.
Si te miro de cerca, escrutando los detalles de tu imagen, veo que tienes la nariz y la boca ennegrecidas por el humo de los k’uyunas, los ojos redondos como canicas de cristal, los brazos ligeramente flexionados y el cuerpo cubierto con confetis y serpentinas. En realidad, si hablamos con propiedad, diríamos que tienes el rostro más desfigurado que el Fantasma de la Opera y el cuerpo más contrahecho que un monstruo con cola y cuernos. Quizás por eso vives desterrado en la zona más sombría y profunda de la mina, cuyas galerías no son el reino de Hades ni el infierno de Dante, sino un recinto tenebroso sólo conocido por los trabajadores del subsuelo, donde los devotos te temen más que a Dios y los supersticiosos te veneran más que a la Virgen del Socavón.
Por otro lado, según la versión católica, eres el ángel celestial que, por haberte rebelado contra la voluntad suprema de tu Creador, fuiste condenado a sufrir un castigo eterno entre las llamas del infierno. Pero tú, generador de beneficios y maleficios, no llegaste ni siquiera hasta las puertas del purgatorio; preferiste amalgamarte con el Huari y el Supay de la mitología andina, hacerte llamar Thiula y meterte en los socavones de la mina, en cuyas tinieblas instalaste tu trono y tu reino. Desde entonces eres el dueño de los minerales y el amo de los mineros, quienes, en actitud de sumisa veneración, te rinden pleitesía al entrar y al salir de la mina, tributándote hojas de coca, k’uyunas y botellas de aguardiente, sin más intención que manifestarte su fe y cariño, y pactar contigo en una suerte de ritual milagroso. Aunque eres un ser ambivalente, mezcla del Bien y del Mal, ejerces una influencia decisiva sobre la vida de los habitantes del altiplano, donde te atreviste a medir tus fuerzas satánicas con las fuerzas divinas de Dios.
En vísperas del Carnaval, los mineros ch’allan tu cueva, adornan tu cuello con serpentinas y arrojan puñados de confetis y confites alrededor de tu trono, donde tú estás sentado, viendo cómo te miran el pene largo, grueso y erecto. Después te disfrazas de Lucifer y sales de la mina, con la alegría de bailar en la fraternidad de los diablos, bebiendo los tragos que te ofrece la gente y enamorándote de las doncellas más hermosas que, en honor a tu esposa perversa (la Chinasupay), se disfrazan de diablesas; botines de tacos altos, polleras cortas, blusas vaporosas y chaquetas drapeadas con saurios, arácnidos y batracios. Las diablesas tienen la máscara con ojos saltones y pestañas largas, pómulos de granate y labios sensuales, tan sensuales que, además de esbozar una sonrisa tentadora, dejan entrever una hilera de dientes engastados con piedras preciosas.
Tú bailas al compás de la música de tamboreros, platilleros y phukulatas, arrastrando el aire con tu capa de terciopelo y tu cetro de mando, mientras las diablesas, acosadas por los jukumaris y mallkus, coquetean alrededor del arcángel San Miguel, enseñándole el contorno de las piernas y cubriéndose las tetas con sus cabelleras recogidas en trenzas.
Tu traje de Lucifer, que parece hecho de luces y de sueños, es uno de los indumentos más envidiables del Carnaval orureño, donde todos te miran y admiran desde el fondo del espanto. Tu capa de terciopelo, lujosamente bordada con hilos de oro y plata, está adornada con víboras, lagartos y dragones; en cambio tu faldellín y tu pechera, salpicados de botones, lentejuelas y cristales, tienen figuras ornamentadas con relumbrante pedrería; tus botas y tus guantes lucen relieves de sapos, arañas y alacranes; mientras los pañolones que llevas al cuello, confundiéndose con tu larga cabellera, son adornos que flotan al aire como ramilletes de flores; tu máscara, deformada hasta el límite del horror, tiene la nariz estallada, las orejas puntiagudas y los dientes feroces; tus ojos, grandes y rotativos como los de un camaleón, desprenden colores vivos en el día y luces fosforescentes en la noche. Y para infundir miedo y respeto entre tus súbditos, llevas una serpiente de tres cabezas entre los cuernos alambicados de tu frente.
Pasado el Carnaval, en cuyo ámbito maravilloso te entregas por completo al baile, al amor y al alcohol, vuelves a entrar en las tinieblas de la mina, donde no eres más el Lucifer sino el Tío protector de los mineros. Ellos te consideran el sincretismo cultural entre la religión católica y el paganismo ancestral, no sólo porque formas parte de una leyenda que gira en torno a la mina y sus asuntos, sino también porque eres un ser mítico capaz de esclavizar y liberar a los hombres con tus poderes mágicos.
Por lo demás, ahora que vuelvo a mirar tu imagen, tengo la horrible sensación de que me persigues como si fueras mi propia sombra; a veces estás más cerca de mí que Mefistófeles de Fausto y siento que quieres hacerme caer en la tentación, induciéndome a cometer pecados horrorosos de los que no me salvaría ni la muerte. Asimismo, en el misterioso laberinto de los sueños, asumo tu imagen para hablar con voz de diablo, como si de veras existieras en la realidad y no sólo en la fantasía de quienes, acosados por el miedo y la superstición, te imaginan más peligroso que el dragón y más feroz que el Minotauro, mitad bestia y mitad humano.
Glosario
Callapos: Troncos de árbol. Escalón de mina.
Ch’allan: Celebran un acontecimiento rociando con alcohol, chicha o cerveza. Ofrenda o sacrificio en honor al Tío.
Chinasupay: Diablesa. Deidad y esposa del Tío.
Huari: Deidad mitológica en la civilización de los urus, protector de los auquénidos y personaje simbolizado por el Tío de la mina.
Jukumaris: Osos. Simbolizan la fuerza del pueblo andino, pero también la penetración europea en el territorio de los urus.
K’uyunas: Cigarrillos con envoltura rústica.
Mallkus: Cóndores.
Pachamama: Madre Tierra. Divinidad de los Andes.
Pijcharon: Mascaron coca.
Phukulatas: Soplalatas, personas que ejecutan instrumentos musicales de viento hechos de metal.
Supay: Diablo.
Thiula: Tío.
Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar que habita en el interior de la mina.. Los mineros le temen y