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Desde Chile Sigrid Boye


Ingresé en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Viña del Mar cuando mi hijo menor comenzaba a cursar Arquitectura. Asumí “a concho” el desafío de mostrarle al mundo que se puede estudiar a cualquiera edad y egresé con un alto promedio de calificaciones, una tesis complicada y un examen de grado impecable.  Durante dos años me hice cargo de los reportajes en un diario regional que por desgracia quebró, engullido por el monopolio de los grandes, y de ahí trabajé en un proyecto audiovisual de la mencionada universidad, por los tres años que duraba mi contrato.
Debido a la escasez de medios de prensa y al obstáculo de la edad ya no logré hallar un empleo y me vi obligada a optar por la Internet, con el propósito de permanecer vigente y utilizar los conocimientos de una carrera cara y larga a la cual accedí por vocación, ya que desde niña me publicaban trabajos en las tribunas de lectores. Cuando al fin pude costear el capricho, ya era demasiado tarde en términos económicos, pero reconozco que el gusto por escribir, por observar y opinar en consecuencia, no tiene precio y por eso persisto en mi labor.

Sigrid Boye
Periodista/Traductora





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En busca de la Navidad

No se sabe con certeza cuándo comenzó a desvirtuarse el verdadero sentido de esta festividad religiosa, hoy convertida en una carrera contra el tiempo y en una guerra de nervios que finaliza el 25 de diciembre con una legión de cristianos endeudados por seis, doce y hasta veinticuatro meses.

Lo que sí se sabe es que la sinonimia entre “celebrar” y “comprar” no existe en ningún diccionario sino que es producto de un sistema económico impositivo en el cual muchos de los que tienen menos se esfuerzan por ponerse a la altura de los que tienen más, presionados por los slogans comerciales que insisten en asociar el valor monetario de los obsequios con la calidad de los afectos humanos.

De hecho, no sólo se ha extraviado el espíritu primigenio que tenía el aniversario del nacimiento de Jesús. También el Viejito de Pascua, o Papá Noel, ha dejado de ser aquel anciano generoso que fabricaba los juguetes en su taller del Polo Norte y se ha transformado en un gordito fanfarrón y ostentoso a quien le gusta vitrinear en los malls y en las multitiendas con tarjetas de crédito en la mano.

En ese escenario materialista a los papás les resulta tremendamente difícil habérselas con la desilusión de hijas e hijos que esperan un computador u otro aparato sofisticado de última moda que algunos de sus amigos ya están disfrutando;  en consecuencia harán lo que sea necesario para adquirirlo, aún a costa de cualquier sacrificio, con el único propósito de cumplir con las expectativas de sus seres queridos. 

En una escala menor, la muñeca de trapo tampoco parece adecuada cuando lo que se ha pedido es un súper bebé que canta, habla y llora, y aunque los padres intuyan que terminará abandonado y “pilucho” en la caja de juguetes, igual se esforzarán  por darle a la  regalona lo que realmente anhela, especialmente si la publicidad enfatiza que ese regalo es una demostración del afecto que papá y mamá sienten por su pequeña.

¿Es posible terminar, o al menos reducir, este tráfico de sentimientos? La respuesta es desalentadora ya que no hay nada más difícil que revertir un proceso cultural impuesto por un neoliberalismo a ultranza donde todo tiene un precio, y mientras más elevado, mejor, y donde el sistema permite un tipo de publicidad que ya no se centra en las características de los productos sino en el efecto emotivo que pueden detonar en los consumidores.

Dentro de esta desigual competencia entre el Niño de Belén y el promocionado Santa Claus, pareciera que los líderes cristianos constituyen la única respuesta posible, o al menos la carta más atingente para salir al paso de una sociedad de consumo que mayoritariamente ha olvidado porqué existe la Navidad, y quién es su auténtico protagonista.

En ese contexto resulta lógico preguntarse qué tan efectivo es el mensaje de estos voceros y cuál es el radio de acción que se han impuesto. La verdad es que hasta la fecha, ya bien avanzado el mes de diciembre, no se vislumbran cambios que permitan deducir que esta será una Navidad distinta: la palabra de Jesús sigue destinada a las feligresías que asisten a los templos, y por lo tanto, no se escucha en el exterior, que es justamente donde más se necesita.

Monseñor Jaime Fernández dijo que la Iglesia Católica no tiene nada que ver con la distorsionada Navidad chilena, puesto que la entidad se ha manifestado con fuerza a través de las Encíclicas de los papas, las cartas pastorales de los obispos, el Concilio Vaticano (“que nos dio luces maravillosas sobre este tema”), y los Sínodos que se han celebrado para cuatro continentes.

La realidad señala que muy pocos entienden  los contenidos de dichos mensajes y que quienes se interesan por ellos son todavía menos. Si bien Monseñor mencionó otras fuentes de difusión pastoral tales como los Grupos Juveniles de Nazaret, Shoenstatt y Renovación Carismática, se trata de iniciativas aisladas. Actualmente no existe una línea de acción frontal y decidida que unifique a todas las corrientes cristianas a nivel nacional, para efectos de frenar el materialismo y plantar valores que prevalezcan en el futuro.

Un pastor de la Iglesia Anglicana, Ricardo Villarroel, admitió  que los ministerios cristianos no han logrado proyectarse como debieran en un tema que involucra no sólo el sentir religioso sino también la generosidad que hoy escasea para miles de personas de escasos recursos, “los verdaderos olvidados de un modelo económico profundamente individualista”.

Por su parte, la Iglesia Presbiteriana de Chile y la Iglesia Evangélica compartieron una misma opinión  en el sentido de que las entidades cristianas deben reconocer que han dejado de transmitir  el mensaje navideño y en general, los principios morales, con la fuerza  y la urgencia, que la situación requiere.

Y ello es muy malo, porque sea cual sea la religión que se profese, e incluso si se ha prescindido de ellas, lo cierto es que todas apuntan hacia el bien común y han recogido valores éticos universales. Desde allí, más que de ninguna otra parte, deberían surgir las estrategias para abrir espacios a las cosas propias del espíritu, ya que de las otras tenemos demasiadas. 



















































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