Ingresé en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Viña del Mar cuando mi hijo menor comenzaba a cursar Arquitectura. Asumí “a concho” el desafío de mostrarle al mundo que se puede estudiar a cualquiera edad y egresé con un alto promedio de calificaciones, una tesis complicada y un examen de grado impecable. Durante dos años me hice cargo de los reportajes en un diario regional que por desgracia quebró, engullido por el monopolio de los grandes, y de ahí trabajé en un proyecto audiovisual de la mencionada universidad, por los tres años que duraba mi contrato.
Debido a la escasez de medios de prensa y al obstáculo de la edad ya no logré hallar un empleo y me vi obligada a optar por la Internet, con el propósito de permanecer vigente y utilizar los conocimientos de una carrera cara y larga a la cual accedí por vocación, ya que desde niña me publicaban trabajos en las tribunas de lectores. Cuando al fin pude costear el capricho, ya era demasiado tarde en términos económicos, pero reconozco que el gusto por escribir, por observar y opinar en consecuencia, no tiene precio y por eso persisto en mi labor.
Sigrid Boye
Periodista/Traductora
Simplemente dolor…e indignación
Suponiendo que esta periodista es leída en lugares lejanos por algún compatriota, conviene que éste se entere de que Chile se halla hoy en pie de rezo, como ocurre cuando una tragedia une al país mucho más que un festejo de carácter nacional.
Diversos rayados callejeros, nuestro grafitti criollo, lo dicen todo en pocas palabras: “TENDRÁN QUE MORIR MINEROS P’A HACER REFORMAS LABORALES.”
El resto de los chilenos, incluyendo niños en edad de razonar, espera ansioso el rescate de los 33 trabajadores que permanecen enterrados en la mina San José, a 45 kilómetros de Copiapó, región de Atacama, luego del derrumbe ocurrido el 5 de agosto.
Las circunstancias dan para mucho más que un “simplemente, dolor”. Dolor por los hombres que muchos suponen ya fallecidos. Dolor por la experiencia horrible de ver pasar los días y no saber nada del espacio exterior. Dolor por las familias que han acampado en torno al lugar, sustentados por la esperanza de que los mineros resistan hasta el fin de las faenas de rescate.
Luego de once días de maniobras infructuosas, la ira, esa que los viejos llamaban “la santa ira” porque la provocaba una injusticia atroz, hoy se ha sumado al pesar solidario que sienten millones de chilenos. Algunos la llamarían sencillamente “rabia”, rabia perra por las desigualdades sociales que todavía penan en este país, tan paseado por la diplomacia.
Las evidencias son elocuentes: una empresa minera de antigua data cuyos dueños actuales, Marcelo Kemeny y Alejandro Bohn, no han invertido un peso en la seguridad laboral desde que firmaron los derechos de propiedad. Obviamente, tampoco contaban con un plan de emergencia, puesto que la improvisación ha sido la tónica de las faenas que se han llevado a cabo hasta la fecha, y en cuanto a explicaciones, ninguna. Las familias de las víctimas fueron informadas del derrumbe, ocurrido a las tres de la tarde, recién a las 21hrsPM , y Kemeny se presentó en el lugar nueve días después de la tragedia.
Transcurridas casi dos semanas, voces airadas comienzan a alzarse pidiendo pena de cárcel para los propietarios de la Compañía Minera San Esteban, de la cual forma parte la mina de cobre y oro accidentada, y exigiendo además, la renuncia del ministro de Minería, Lawrence Golborne, quien hizo caso omiso de los informes emitidos por el Sindicato de Trabajadores del yacimiento San José, en el sentido de que la posibilidad de un derrumbe era inminente por las malas condiciones de los ductos de emergencia.
Está claro que las cosas no han cambiado mucho para los mineros desde que Baldomero Lillo publicara su libro Subterra hace más de un siglo. Tras 200 años de vida independiente, con sus respectivos gobiernos de turno, Chile sigue manteniendo minas en las cuales lo primordial es proteger la inversión de los propietarios, en desmedro de la seguridad de sus trabajadores, que apenas representa un 6% frente al 21% que se gasta en ítems administrativos.
No obstante, el caso de la mina San José rompe cualquier esquema anterior por haber sido una “muerte anunciada” que no se quiso oir cuando aún era tiempo de evitar el desastre, ya fuera cerrando el yacimiento por no cumplir con las mínimas normas de seguridad, o al menos, despejando la salida de emergencia como lo solicitó el sindicato.
Entre tanto, la opinión pública critica duramente al presidente Piñera por no pedir la inmediata renuncia del Ministro Golborne, un joven sin experiencia alguna en el tema y por tanto ignorante de las falencias que gravan la minería, rubro en el cual los intereses creados son lo bastante fuertes para evadir impunemente las leyes laborales.
Se dice que la esperanza subsiste hasta la última instancia; es lo que mantiene de pie a las madres, esposas, hijos y parientes de quienes llevan tantos días bajo tierra mientras los responsables gozan de amplia tribuna mediática para hacer sus descargos. Está por verse si se hará justicia o los empresarios duros se cubrirán las espaldas unos a otros como ha ocurrido tantas veces. Chile en masa confía en que esta vez las cosas sean diferentes.
Viña del Mar, Chile, 16 de agosto 2010