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PINTURA CHILENA



Las hermanas Mira: mujeres pioneras que retrataron lo cotidiano







Desde 1976 que su obra no se expone en retrospectiva:
Las hermanas Mira: mujeres pioneras que retrataron lo cotidiano

Las hermanas artistas Magdalena y Aurora Mira Mena formaron parte del escaso contingente femenino que irrumpió, no sin cierto revuelo, en la escena artística chilena hacia fines del siglo XIX.
Este miércoles, en las Casas de Lo Matta, se inaugura una retrospectiva en torno a la obra de estas pintoras, que pretende romper un excesivamente largo mutismo: nada menos que de treinta años.

SARA BERTRAND

Eran mujeres y de alta sociedad. Sus vidas debieran haber seguido el típico patrón de la época que, entre otras cosas, consideraba "la casa" como el ámbito natural de desarrollo para la mujer, pero Magdalena y Aurora Mira Mena pintaban. Es decir, lo probable es que desde antes de aprender a caminar en su casa de la Gran Avenida, frente a el Llano Subercaseaux, hayan manipulado pinceles, pues eran hijas de un aficionado. Gregorio Mira Iñiguez pintó en sus años mozos recibiendo clases del mismísimo alemán Mauricio Rugendas y del francés Raymond Monvoisin. Entonces, es fácil imaginar que desde niñas, las hermanas Mira fueron estimuladas por el arte. De hecho, se sabe, que a edad temprana su profesor de francés, Theodore Bondou, les enseñó las severas prácticas del dibujo neoclásico.

Y ya fuera porque el padre se vio reflejado en las hijas o porque la sociedad comenzaba a manifestar sus primeros signos de apertura, el caso es que las Mira lograron franquear el espacio doméstico, donde permanecían ocultas, para exponerse públicamente en los Salones de Pintura a partir de 1884, a una edad muy temprana. Con gran revuelo, habría que agregar.

Hoy, de la mano de la retrospectiva que organiza la Corporación Cultural de Vitacura, podremos apreciar el trabajo de estas pintoras, cuyos cuadros se expondrán en Lo Matta luego de 30 años de silencio, pues la última muestra conocida se realizó en 1976.

Alta sociedad

Es verdad que la obra de Magdalena (1859-1930) y Aurora Mira (1861-1939) no logró completarse. Es decir, que quedó supeditada a sus labores de esposa una vez que ambas hermanas se casaron (no así la de su contemporánea Celia Castro, primera pintora profesional de Chile). En ese sentido, como planteó Antonio Romera en su "Historia de la Pintura Chilena", la Generación de Medio Siglo a la que pertenecieron, quedó trunca. Sin embargo, es imposible desconocer el aporte que hicieron al incursionar en un ámbito, como las Bellas Artes, hasta entonces vedado para las mujeres. La participación pública de la mujer era impensable durante la primera mitad del siglo XIX, es más, como plantea la licenciada en Artes, Macarena Rojas en su tesis sobre las percepciones de la obra de ambas pintoras, entre el contingente femenino que antecedió a Magdalena y Aurora existió siempre cierto pudor a mostrarse públicamente, como si tener talento fuese vergonzoso.

Entonces, la ofrenda de Magdalena y Aurora, aquellos escasos años que transcurren entre 1883 y 1895 donde exponen sus obras en los Salones de Pintura y en donde descollaron por su talento y gracia, constituyen un testimonio de arrojo que solo se explica gracias al ambiente cultural en el que se educaron y a su fuerte vocación, que no fue tan fácil de acallar. Aún cuando sus temáticas fueran restringidas y apegadas al modelo de lo socialmente "aceptado" para una señorita. Aún cuando más tarde debieran replegarse a su vida hogareña, oficiar de esposas y madres, pintaron hasta el final de sus días. Pintaron sobre su entorno, con los límites que suponía su condición de mujeres. Retratos, la mayor de ellas, Magdalena; y flores y naturalezas muertas, la menor, Aurora.

Claro que para entender el impacto que se llevó la sociedad chilena durante las exposiciones en que expusieron las hermanas Mira -entre 1883 y 1895- cuando se hicieron notar con sus óleos sobre tela, obligando a pronunciarse a la crítica y recibiendo más de algún galardón y medalla, habría que aclarar el espacio familiar en que se desarrollaron: la suya fue una familia de clase acomodada sumamente apegada al cultivo de las artes y las letras. Tanto es así, que una anécdota familiar asegura que, decididas a cambiar la ajada alfombra del salón, prefirieron sacarla y pintar el suelo con sus propias manos (episodio narrado en "Las hemanas pintoras", editado por Teresa Mira) .

También se sabe que recibieron de la mano aficionada del padre las primeras instrucciones y que se beneficiaron con las clases que impartía Giovanni Mochi en la Academia de Pintura de Santiago, cuya apertura en 1849 marcó un hito en el desarrollo de la pintura en nuestro país y que les permitió a estas jóvenes talentos ahondar en sus intereses. Se les reconoce además, cierta influencia dada por los consejos que les brindaron dos grandes de la pintura chilena: Pedro Lira y Juan Francisco González.

¿Fueron un aporte?

No faltan aquellos que consideran que la contribución de las hermanas Mira fue nimia, casi imperceptible, pues señalan que no solo no crearon escuela sino que permanecieron circunscritas a un ámbito demasiado casero como para encumbrar la mirada, pintando flores y retratos sin ir más allá de la tela para proyectarse en una creación más personal y atrevida. No obstante, tomando en cuenta las limitaciones propias de la época y de su género, la suya fue una obra que dio que hablar.

Para el curador de la muestra, Raúl Peña Larraguibel, el talento demostrado por el dúo de hermanas, quedó más que demostrado en la calidad de sus cuadros, aún cuando se trate de una pintura confinada al espacio de lo femenino con escenas cotidianas y personajes propios del quehacer doméstico. Ellas representaron el paradigma en que vivía parapetada la mujer de fines de siglo XIX y, tal vez, por eso mismo, se ganaron un espacio en la historia artística nacional.

Sobre ellas se ha escrito bastante y la mayoría de las opiniones concuerdan en el juicio emitido por el profesor de historia del Arte, Enrique Solanich, en su "Nota sobre las Hermanas...", en el sentido de que las Mira atendieron temas "que nada más que la mirada femenina advierte, valora y destaca".

Su medio, en ese entonces, las premió. Aurora fue distinguida principalmente por sus flores, pero también recibió la medalla de oro en el Salón de 1885 en el Museo de Bellas Artes, por su "Agripina Metella en la prisión". Magdalena fue galardonada por sus perceptivos retratos ("Retrato de Sofía Cousiño", "Mercedes Mira de Fernández Concha), que tuvieron la gracia de captar la realidad externa de sus personajes, pero también aventurarse en un mundo más íntimo. En algunas de sus obras se ha hablado, incluso, de un cierto tipo de "realismo social" ("Vida dura", "Vagabundo", entre otros).


Antes de las Mira: Pintoras

Tal vez la irrupción de la avanzada femenina -moderada si se quiere- que participó en las exposiciones en los Salones oficiales de Pintura a fines del siglo XIX, deba su existencia a un par de pioneras que se abrieron paso en un mundo dominado por hombres. Se trata, por ejemplo, de Clara Filleul, discípula y ayudante del francés Monvoisin, quien llegó a Chile (a mediados del siglo XIX ) junto al pintor, ayudándolo en sus múltiples trabajos. Una de sus pinturas más conocidas es un retrato de José Miguel Carrera. Obviamente, su obra no alcanzó el reconocimiento que tuviera su maestro, pero, para efectos femeninos, sentó precedente y seguro motivó con su testimonio.

También se tiene referencias de una Paula Aldunate Larraín, discípula de Rugendas y de otra copiosa Agustina Gutiérrez Salazar, alumna de Cicarelli en la Academia de Pintura, que pintó con fervoroso entusiasmo numerosos cuadros. Así mismo, se podría nombrar a la talquina Clarisa Donoso.

Entonces, para 1883 cuando las hermanas Mira hacen su primera aparición pública, no es extraño que otras se animaran.

De hecho, una de sus contemporáneas, Celia Castro, ha pasado a la historia con el título de ser la primera mujer que se dedicó a la pintura profesionalmente. Pintó con Juan Francisco González y Pedro Lira, con quien finalmente viajó a Paris y logró exponer sus obras con relativo éxito.

Fuente: elmercuriodigital


Pertenecientes a una familia de la aristocracia santiaguina del siglo XIX, las hermanas Magdalena y Aurora Mira Mena, son consideradas las pioneras de la pintura femenina en Chile, precursoras también a nivel hispanoamericano.

Magdalena nació en 1859, viajó muchas veces a Europa, vivió tres años en Roma, tuvo preferencia por la pintura figurativa, especialmente el retrato, y ocasionalmente hizo esculturas.

Aurora nació en 1861. Se especializó en naturalezas muertas, y flores que captaba en los jardines de la casa familiar en el Llano Subercaseux, sector de la actual Gran Avenida que en ese tiempo eran terrenos agrícolas.

Cuando Magdalena tenía 23 años y Aurora 19 expusieron por primera vez sus telas en el Salón de Pinturas de 1884, realizado en el edificio del Congreso Nacional, ocasión en que Magdalena obtuvo tres medallas de oro. Al año siguiente, Aurora también logró una medalla de oro con su famosa composición “Agripina Metella en la Prisión”.

Continuaron participando en numerosos certámenes artísticos en que ganaron otras medallas de oro y premios de honor frente a competidores tan afamados como Pedro Lira, Valenzuela Palma, Onofre Jarpa, Juan Francisco González, Ramón Subercaseaux y Celia Castro. 

Aunque los trabajos de ambas hermanas muestran la fuerte influencia de las tendencias pictóricas tradicionales de la época, en algunos aspectos técnicos se observan señales de impresionismo.

Magdalena murió en 1930 y Aurora en 1939.

Aparte de colecciones privadas, algunas de las principales obras de las hermanas Mira Mena se encuentran en el Museo Nacional de Bellas Artes y en la Pinacoteca de la Universidad de Concepción.

En 2004, una de sus descendientes - María Teresa Mira Fernández -  publicó “Las hermanas pintoras, Magdalena y Aurora Mira Mena” con numerosas reproducciones de sus obras, y abundantes datos históricos y culturales de Chile en las postrimerías del siglo XIX.

fuente:vamoschilenas
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