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Heriberto, hombre y tiempo



                      Heriberto es un tipo rubio, de ojos celestes como el cielo; delgado y más bien alto. Mirándolo bien, detrás de su facha se nota que de joven debió ser bien  parecido. Pero ahora está como un perro viejo; desgarbado, despeinado y de mirada  tristona. Nada más atina a quejarse de todo, y hasta parece que el mundo rodando le pasa por en cima. Cualquiera le daría más años que los sesenta y cinco que tiene y no apostaría nada por él. Hasta su mujer se le fue con la hija para la ciudad; tal vez en busca de una vida mejor. Pero Heriberto no quiere abandonar aquel lugar de bañados y pantanos en invierno, pensando que llegará el verano y entonces, ya se las tendrá que ver con la sequía. Cuando le preguntan por qué no se fue con la mujer y la hija; su contestación es:

-“Nací aquí, y aquí pienso morir”

  Aquel no es su pago; él es fruto del pago.

No trabaja porque ya tiene bastante con quejarse de todo lo que le duele. Además ahora se le ha dado por cavilar. Cuando lo vi, como desahogo me relató lo siguiente:



  ¡Nunca  me dolió tanto la pobreza como la semana pasada, cuando fui al Hospital por mala circulación en las piernas, y resulta que me encontré con el médico de guardia borracho!

        ¡No quiso atenderme el mal nacido…! y además me trató de mala manera. Me dijo:

-“Tiene que pedir hora para policlínica y volver la semana que viene, porque  hoy es sólo para emergencias, no para casos como éste”.

        Le expliqué que vivo en campaña a muchas leguas  de la carretera, y que además no tengo  locomoción para trasladarme. Mis piernas están jodidas y con el trabajo que me da caminar, no estoy  como para hacer viajes de esa manera. Pero no me quiso escuchar, al revés, me miraba de reojo y cada vez se enojaba más.

        Después en los corredores, apareció de por allá adentro una enfermera conocida, que es de mi pago, y dijo que iba a tratar de que alguno me atendiera. Eso medio que me le levantó un poco el ánimo, pensando que ella me ayudaría en aquel trance.

        Al poco rato volvió con unas personas a las que ella les decía doctor. Dijo que ellos me iban a atender, que pasara para un cuartito.

         El tal doctor me preguntó muy en seco:

- “¿Qué le pasa?”

         Le conté la verdad… cómo estoy de jodido de las piernas.

-“Acuéstese en esa camilla”.

         Pensé que era para revisarme. Pero nada; sin mirar de qué me quejaba me dijo con prepo, como que yo… nomás tenía que obedecer:

-“Le vamos a poner una inyección y con eso va a tener” 

         ¡Me extrañó aquello! ¡¿Cómo no se iba a fijar en lo que tenía?!  Y se lo dije: Antes de ponerme esa inyección quiero que vea como  tengo las piernas.

- “No hace falta”. Me dijo.

          Y se me rieron en la cara; no hicieron caso y me encajaron una inyección ni sé de qué.

-“Ahora ya puede  irse, ya está pronto”.

           Al más petiso con cara de manda más, sólo faltó que me pegara una patada en el traste, para sacarme de apuro del cuarto aquel.

           Sentí que me habían  pisoteado. No imagina usted cuánto me humillaron aquellas personas. No parecía que fueran médicos. ¡Ni creo que lo fueran! ¡Qué iban a ser médicos! Salí peor de lo había entrado al hospital; echado de allí como un perro sarnoso. ¡Me fui con tanta rabia!  Y al mismo tiempo con impotencia por no poder exigir que se me tratara como gente. ¿Acaso un enfermo pobre que va al  hospital,  no tiene derecho a que lo traten como persona por lo menos?

           Como hombre, aquello me dolía más que la misma  enfermedad. Me fui maldiciendo la hora que se me ocurrió ir allí.

            De vuelta a mis ranchos iba pensando… ¡Pucha, dicen que todos somos iguales! Primero hay que pasar por esto, que duele, para saber que entre las personas hay una gran diferencia entre, si tenés, o no tenés plata. Si no la tenés no valés nada.

            Esto me dejó con mucha bronca; no sé bien contra qué, ni contra quién.  Despacio  llegué a mi  pago; pensando: ¡Caramba… si yo tuviera salud y unos años menos, en algún lado me iban a sentir gritar verdades! “



                         Heriberto era conversador, y no precisaba que se le hicieran preguntas para tener todas las respuestas.

                         Después de eso, él confió más en doña Petrona que lo curaba con yuyos. Ella le decía que iba mejor porque además… tenía “buena carnadura”. Él quedaba contento. Pero esa opinión era dudosa, porque le estaban apareciendo úlceras en los dedos de los pies, y el dolor no le permitía caminar más que un corto trecho, además,  por la noche no lo dejaba dormir. La misma curandera lo llevó a otro hospital, pero nunca se recuperó.

                         Como la mujer y la hija no tenían la costumbre de escuchar avisos fúnebres en el informativo de la radio, no se enteraron que murió. No aparecieron los deudos, y el cadáver pasó del hospital a la  morgue de la Facultad.

                        Allí tenían los estudiantes de primer año, un valioso material de estudio. Bisturí en mano, comenzaron a abordar su disección, con esmero y con el propósito de hacerla desde la cabeza a los pies. De esta manera, en unos cuantos días se lograría escrutarlo totalmente. Al fin Heriberto estaba a punto de conseguir, después de muerto, aquello que en vida tanto pedía.

                         Aquella mañana sonó fuerte, ¡estridente!, un timbre en la sala impregnada de un rancio olor a formol. Los estudiantes interrumpieron su tarea, y quitándose las túnicas abandonaron joviales aquel recinto para ir a descansar.

                         Heriberto quedó allí como de piedra; y cuando yo también me alejaba, repentinamente algo me hizo volver. Fue un impulso de ver cómo estaban ahora aquellos ojos, que antes invitaban a mirar con él.  No tuve tiempo de levantar párpados inertes; antes me detuvo el oír su voz de siempre:

“Para arreglar este mundo, habría  que empezar por las personas, cambiándolas desde sus entrañas”.       

                     

  





Hemos abierto este apartado para esos escritores en nuestra lengua, que aun teniendo una exquisita pluma, no han tenido la oportunidad de publicar sus cuentos, ensayos o  lo que hayan escrito. Aqui, en La Prensa The Press , esas plumas tienen su espacio  para comunicarse con el ciberlector...

El autor de este cuento es Víctor Clavijo Medina, nacido en la República Oriental del Uruguay,  casado con Yolanda Clavijo Moreira y tiene  dos hijos: Víctor Manuel y Roque Guzmán
Profesión: Médico Psiquiatra

C.E. clavijo_victor@hotmail.com
 

Isaac Estanislao
Orquídeas cultivadas por Isaac en Madrid
Leí los  cuentos de Víctor y me gustó  en especial, este titulado "Heriberto, hombre y tiempo". Creo que aunque tiene ese arraigo al terruño tan usado en las primeras décadas del siglo pasado (realismo social) contiene elementos estilísticos innovadores. El más destacado tal vez sea la doble perspectiva....la de Heriberto y también la del narrador.....así la experiencia termina decantada. Los personajes todos están muy bien trazados con economía de recursos tanto los urbanos como los de su pago. Interesantes todos... Asimismo el final del cuento, reducido en una capsula cargada de sabiduría, es efectivo. Es un trabajo que merece la pena publicarse. Bien logrado.

Dra. Susana Castillo
Profesora Emérita
Universidad Estatal de San Diego, California

MUJERES A MI ESPALDA (mujeres mías)


Yo soy la nieta de Celestina Montero. No pude atestiguarle la vida porque se murió a los treinta y seis años. Lo que sé, me lo contaron.
Era hija de Estanislada Montero y nadie sabe de quién más, hecho que no le importaba ni a ella ni a su madre; a mi tampoco. Mujeres a mi espalda bastan, si son de metal fuerte y bruñido. Otras me precedieron, maniáticas todas por vivir, adictas a la existencia, a creer. Catalina, Graciana, Elvira, Norma, Maria Julia.
Pero la que cuenta hoy es Celestina que parió cinco varones, uno era mi padre, dos se le murieron pequeños. Se caso como manda la ley, con un español alcohólico, brutal, matador de gatos, poco despierto, tan golpeador. Celestina era mestiza, de guaraní y quien sabe qué. Tenía la cara lisa sin pómulos, como yo, los ojos y el pelo muy negros, como yo. Bajita, con trenzas gruesas y brillantes hasta la cintura y un montón de enaguas blancas con puntillas. Así estaba en la foto, con el habano en la mano. Lo que no se le veían eran los pulmones resquebrajados que contagiaron al español y se los llevo a los dos a la tumba.
Cuando la veo, todos los días la veo, me parece que esta agachada fregando la ropa en la batea hundida en el terrón del piso. Las piernas hacia atrás, una barriga enorme, tres muchachos seguiditos juegan con maderitas cerca de ella. Pedazos de pan duro y jarros con leche alrededor, desayuno corto de un amanecer gris a pesar del sol.
No están más en el campo si no en un suburbio de la capital que lo parece, por lo escaso, por lo triste, por lo gris.
Celestina canta en las noches, Ipacarai y esas canciones de la apartada tierra donde nació. La voz se le vuelve ronca a medida que las notas bajan y se sumergen en el lago del recuerdo, donde la sangre de los suyos correrá diluyéndose frente a la indiferencia de todos. Esa sangre que ella no verá pero sabe que sucederá porque siempre fue así. Mano dura antes del siglo, al empezar el siglo y el resto del siglo. Porque esos indios no entienden, son flojos, molestan. Ella lo sabe, como sabe también que los dos que le falta por parir se van a morir. Va a saber de esta nieta aunque nunca la conocerá. Se da cuenta que algún día volverá  y será en mi, la única que se parece a ella.
Me pregunto qué tengo de Celestina por dentro, tal vez ese saber. El saber por golpes y magulladuras, todo lo que fue, lo que es y lo que será. Saber de alegrías también por obligación hacia ella, saber de amores por lo que le falto. O la piel, aparentemente suave, permanentemente ansiosa. Saber la vida, las muertes grandes y las que no son tanto. Parí dos niños, los dos viven, son pura luz. El mundo no ha cambiado ni un poquito, todavía dicen que hay gente molestando, que no entiende, al revés y al derecho. Se acaba el siglo y hay mares y lagos teñidos de huesos y si lo viera Celestina sonreiría con seriedad.
Le heredé también la habilidad de no mudar el gesto, por más dolor o por tanta alegría. Sólo el corazón gesticula, se asombra, llora y se harta de felicidad.
A ella la tengo adentro hasta el fin, por eso en realidad no se murió. Una de sus enaguas quedó en mi infancia y la use jugando en las tardes, hasta que se deshizo en jirones. Cuando me peinaba, el brillo de sus trenzas se metía en mi pelo y mi padre se quedaba viéndome.
A veces, cuando cierro los ojos, Celestina aparece despacito y me mira, no dice nada. Siento su mirada ir más allá, tratando de hurgar en el hombre que llevo y fue su hijo, y en mis hijos. Es como si observara mi futuro. Yo busco alrededor cuando se va, para ver si se le quedó algo, un rastro de cobre, un habano consumido o una palabra grabada en el suelo. No.
Ella estuvo en otro tiempo, soy una prueba de eso. La imagen en mi mente la construí yo, no viene, no vuelve, hizo lo que teníia que hacer. Se unió a las mujeres bruñidas que están a mi espalda, por obra y gracia de la vida.
Ahora me toca dársela a la mujer nueva que di a luz, que me dio dos mujeres más para continuarnos, que harán lo mismo dentro de treinta años, que harán lo mismo dentro de cincuenta, para hacer lo mismo dentro de cien.





Laura Isabel 1996










SOY

Soy un animal salvaje de puro instinto y puro raciocinio. Los cinco sentidos de mi superficie física, vista en vuelo rasante. El grito siempre a punto, el desgarramiento perenne del vientre ante lo que suceda o me sucede. La mano sosteniendo corazones y otros gritos para poder dar y recibir algo, que luego guardare dentro de mi cuerpo. Bien distribuido, para sentirlo mejor. Soy la tormenta de ira y ceño adusto sin motivo aparente, y venganza fantaseada que reiré a gusto màs tarde. Soy la autocrítica y la critica ensañadas. Tengo una lengua heridora y curadora; y amorosa y fatalista. Tengo niños no realizados llenando mi interior y muchos hermanos de manada. Tengo pereza de siglos y exigencias viejas. Quiero todo y enseguida. Amando puedo hacerme mil pedacitos, amontonados sobre las rodillas del objeto amado. No odio, solamente me despego con dolor -el mismo con el que me apeguè- y nunca màs me importa ese ser que ya no me fracciona. El humor, verdadero sexto sentido, me ha salvado la vida muchas veces. Porque he estado en el límite de todo, balanceándome. El espiral y el abismo expresaron su simpatía por mí y los retribuí. Por eso me río ahora con más frecuencia. Lloro todavía por rabias grandes, por melancolía común y por placer. Siempre el placer es nuevo para mí. No salía de ser niña aùn y me hundía furiosamente en el placer como si hubiera nacido en el. No añoro. No me arrepiento. Me permitieron una primera etapa, ahora entre en la segunda. No es tan malo ni tan bueno. Aquí estoy, preparada para agradecer, y para no conceder.

Laura Alcoba L.



Laura Alcoba nació en 1948, en Montevideo
Lee y escribe desde 1953
Es venezolana desde 1966
Tiene dos hijos
Vive en Caracas: "la ciudad que me dio el amor, la amistad, los hijos y una montaña"


Laura Alcoba Levy


Isaac Estanislao (Caracas, 1956)
Arquitecto, USB 1982
Divorciado, 2 hijos
Español-venezolano, resido en Madrid desde 2006, en España desde 2003.

Escribo desde hace unos 8 años, cuentos, algunos poemas cortos, ensayos y algunos artículos. Desde muy joven hice lecturas animado por mis padres. Luego descubrí a Cortázar, Borges, Bradbury, Asimov, Lovecraft, Vargas Llosa y El Gabo: “El General en su Laberinto” me parece de lo mejor que he leído nunca, así como “Remedio para melancólicos” de Bradbury. Suelo releer “Ultimo Round” de Cortázar cada año. Siempre comparto estas lecturas con libros de Arquitectura y Arte.

Un buen día me encontré sentado delante del ordenador, con tiempo para escribir, no tenía nada que leer ese día, y tenía una pequeña historia dándome vueltas en la cabeza. Ese día descubrí el placer y el dolor de escribir.

Soy ratón de periódico, lector empedernido de Tintín y asiduo de los canales de tv de naturaleza, cocina y viajes. Cultivador de orquídeas hace más de 20 años. También pinto y dibujo, no tanto como quisiera.


Ceiba Rota, la deltana

Entrar en el río era abrazarte, mi reina, como abrir la boca para besarte. 
Cada onda en tu piel me entraba brillante por esos ojos que te miraban para bañarme en ti.
Entrar en el río era mirarte, desnuda y presta, con brillos de verdes y garzas, de babas y bichos, niños y toninas.
Entrar en el río era llegar a Ceiba Rota, saber que estaba en casa olor café y empanadas, encontrarte de nuevo, mirarte allá hondo desde el caño que pasaba por la finca, desde el agua limpia y bella de mi casa, tu casa.
Porque el agua se va al mar lejano que no llega nunca, agua que me trae de vuelta tu recuerdo de niña, amiga, mujer, en mi casa del Delta.
Hoy, después de mirarte mil veces y mil veces mas, miro atrás en esos verdes, en los retazos de rojos del cielo deltano, y entiendo que regresaba a ti, mujer, india  hermosa llena de luz.
Por eso te escribo, para decirte que no entiendo nada de esto, que se me hace muy raro tener los pies dentro del río y no tenerte a mi lado, callada, mirando las toninas y los gavilanes en el amarillo del aire.
Ayer, apenas ayer, eras un manojo de nervios y cabello brincando conmigo de rama en rama, abriendo tus brazos como esas garzas blancas brillantes cuando vuelan bajo buscando su reflejo en el río, casi sin moverse en el aire tibio de la tarde, flotando lento para salir bella de agua, llena de luz hermosa de la finca.
Ayer, apenas ayer, eras eso y muchas cosas mas, guardadas en  cajas de madera bajo tu chinchorro lleno de encajes sutiles.
Es que el Delta es así, esos encajes eran también luz hermosa en las sombras sobre tu piel de agua, cantos infinitos de pájaros, gritos locos de los monos de colores, luz tuya siempre, brillo de tus ojos negros hermosos,  mirando al mar lejano que no llega nunca.
Por eso no entiendo qué pasó, en qué momento te volviste arena y misterio, por qué no estaba yo aquí para tomarte la mano, llenar tus cajas de madera de bichos y hojas, cartas escritas en mis recreos, fotos de la montaña enorme de mi ciudad que te gustaba tanto porque tú no tenías montañas, solo agua y verdes infinitos, pájaros, amiga reina bella warao, tanto verde para ti sola, tanta agua y calor.
Tu piel color madera de árbol grandote me traía, y me trae aún, recuerdos de  vacaciones en la Ceiba Rota, tu casa, mi casa.
Aquél viaje largo era pasar los árboles veloces, burros en el borde de los caminos, vacas blanquinegras, lejanos cielos llenos de nubes altísimas, en este país grande.
Abuela Renata me recibía, hermosa, dos besos y encaje brillante, delicada de guayaba y jugos de lechosa,  tortas de cambur y chocolate, dulce de pomalaca sobre la mesa enorme que hizo el abuelo poeta bajo la ceiba gigante.
En la casa de madera sobre la arena, el agua se tocaba casi desde la puerta. Había escaleras bajando al caño desde la sala, como si quisiera bañarse en el río. Recuerdo - y sé que tú también - pasar las horas largas llenas de calor y mosquitos, hablando pistoladas, tirando flores viejas al agua o dándole de comer  a los perros de agua algún pescado robado de la cocina.
Pero no es igual sin ti.
Una cosa es saber que estabas allá en la finca mientras yo estaba en la ciudad estudiando, y otra muy distinta es saber que ya no estás y sin saber dónde.  Vuelvo sigiloso a bajar al agua que te juro no odio, a esa agua que va al mar lejano que no llega nunca.
Pero ahora no estoy aquí para eso. Quiero recordar tu piel y tu risa en el agua, en el brillo de la tarde deltana, en todos esos años contigo, amiga, mujer.
Escuchar a Lucho -nunca lo llamamos abuelo, decía que eso lo hacía sentir viejo- declamar sus palabras bordadas era casi como ir a misa, como tener un milagro en la boca. Yo repetía en silencio lo que decía, muchas veces sin entenderlo.
Aún guardo sus garabatos, su mala letra para decir cosas bellas:

"Nunca había querido decirlo
esa mujer
tiene la cara mas hermosa
del mundo
y cuando despierta
es un aire de pueblo
que arrasa nuestro secreto"

Sentía que lo había escrito yo para ti, en silencio te miraba, soñando hablarte bajo el agua del río, luego en el aire las burbujas al reventar llevarían mis palabras lejos del caño, hacia el mar que no llegaba nunca, que recorrerte toda era mi mejor vacación, llevarme tu recuerdo mi mejor memoria a la que hoy apelo para reencontrar ese tiempo de conmovernos.
La abuela Renata no nos quitaba los ojos de encima desde que éramos niños, en esas vacaciones infinitas llenas de pájaros, chinchorros, pescado, cohetones, risas furtivas montados en una mata.
Tus quince años los recuerdo llenos de primos vestidos como waraos, tu familia casi nuestra desde siempre, bombillos de colores y guarapita.
¿Cómo apartarnos del gentío, llevarte en la noche a la ceiba gigante que conocíamos desde niños?.
Ayer, apenas ayer, te tomé de la mano para subir a aquél árbol, sabía lo que quería hacer, llegar a aquélla rama bien alta y plantarte un beso como esos que había visto en el cine, música y ojos cerrados en concentración. 
No solo te dejaste besar, mi reina, me abriste la boca como el río se abre para pasar entre los mangles, para correr hacia abajo, para tener el olor de las guayabas dentro de mí y guardarlo tibio.
Porque no es igual besar en el suelo que encaramado en un arbolote de esos.
Ahora pienso que era inevitable tocarnos, vernos cara a cara y saber que había mil cosas que decirnos y callarnos, que aunque pasara un año hasta vernos en la Ceiba Rota no íbamos a perdernos en tiempos inútiles de explicaciones y añoranzas, que nos tomaríamos de las manos y sabríamos exactamente por cuál rama se tomaba el camino al cielo.
Hoy, después de mirarte mil veces y mil veces mas, miro atrás en esos mangles, en los amarillos de las guacamayas que chillan por ti, mi amiga deltana, y entiendo que regresaba a ti, desde siempre.
Es que el Delta es así, hay verdes que cantan historias, que eso no es un árbol, es un cuento lleno de cuyucuyús y araguatos. En aquél momento mágico yo era el tipo más feliz del mundo, que nada iba a cambiar, que siempre iba a ir al Delta, a mi casa y  tu casa, a ser feliz contigo montado en una mata llena de mariposas.
-  ...pero Tere, ¿cuándo me darás otro beso ? ¿ahora o después de caerte ? - y en ese momento te soltaba para tu sorpresa, cayendo al río tibio los dos, en el juego divino de los niños que ya no lo son tanto, porque caer al río significaba  buscarse bajo el agua oscura, tomarse de las manos, abrir las bocas llenas de burbujas y confundir el juego con el beso, hasta el aire lleno de risas y miradas cómplices.
Te juro que lo recuerdo como si fuera ayer.
Porque fue ayer, apenas ayer, cuando terminé de estudiar y vine de vacaciones a la finca, a regresar a ti, a las palmas moriches, a los tucanes y guacamayas, a bañarme en ese caño contigo, una vez mas.
Y ahora resulta que no estás, tú que estabas ahí como guindada del aire siempre.
Claro que tendré que enfrentar lo que aún no quiero, y es escribirte lo que ya sabemos los dos.
Navegar por esas calles de agua y pasar entre los mangles era como entrar en una cueva llena de verdes mágicos, misterios de bichos sigilosos compartiendo flores, sonidos, cantos, con nosotros, agarrados al borde de la curiara rojiamarilla.
Poner orquídeas en tu pelo largo y oscuro era una proeza bien manejada porque después venía un beso rápido y cercano a mis labios, de espaldas al peón para que no fuera a soplarle nada a los viejos.
¿Dónde estás ahora que las flores siguen abiertas para ti y no puedo sacarlas de mis manos, hacer la proeza, esperar tu cercanía?
No entiendo bien las ausencias, se me hacen pesadas en el alma, halan tendones frágiles, rotos otra vez, te espero de pronto a mis espaldas, dejar que mi sombra se mezcle con la tuya en un abrazo irreal -¿quién niega que las sombras se unen?- silencioso y mágico, avanzar un paso cómplice hacia el sol mañanero.
Porque de abrazos se trató eso, de abrazos, encuentros, sudor, clandestinidad.
Sé que no lo habrás olvidado, cuando regresé de la universidad. Había pasado casi un año desde mi última visita.
- ¿ Me trajiste algún regalo de Caracas ? - preguntabas pícara, sabiendo siempre la respuesta, como todos los años.
- ¿ Y qué me vas a dar a cambio ?
- ...bueno, tengo que pensarlo, pero tengo guardadas muchas cosas para ti - decías, y yo sabía que alguna sorpresa me darías. Hace años eran cocuyos, pieles de culebra, dientes de piraña. Esta vez una nueva caja de madera guardaba solo arena.
- ¿ y esto qué es ? - pregunté un poco como tonto, sin atinar el mensaje sutil y elegante de lo que hasta ese momento habían sido nuestras vidas: un contínuo ir y venir en el río, dentro del agua y bajo ella.
- Es arena de una playa que encontré hace como tres semanas, paseando en la curiara nueva con tu abuelo y mi papá. Te va a encantar.
A los dos días dijimos que iríamos a pescar río abajo cerca del mar, donde las aguas empiezan a ser saladas y las toninas se devuelven.
Bajamos por las calles de agua brillantes, dejando las ondas como huellas perdidas navegando lento por tres horas. Nunca me había aventurado por esos caños mas abajo del Manamo, hasta que en un recodo de los mangles, me indicaste que entrara por aquél hoyo verde, no lo olvido.
Cruzando agachados por el túnel llegamos a la playa de río más hermosa que yo haya visto nunca. Tu cara de satisfacción y orgullo por mi asombro creó un silencio cómplice con mi sonrisa. Era una cala redonda y escondida de los caños grandes, oculta tras verdes infinitos por todos lados, un ombligo de arena y agua clara en el medio del Delta, un ojo gigante abierto en las corrientes y las selvas, mirando al cielo de nubes, pájaros de colores, relámpagos.
Inevitable, este día tenía que llegar. Lo buscamos desde las burbujas bajo los árboles y los besos en las ramas.
Te desnudaste despacio la poca ropa. Miraba callado cómo caían las trampas, las palabras, al borde de la arena anticipada a nuestro calor oculto entregado a vaciarse poco a poco, en un único, cerrado y húmedo abrazo en esta playa de río calmo y tibio, nuestra.
Las manos que hasta ese día te habían tocado para acariciarte el cabello o pulsar tu ritmo bajo el agua, corrían por senos, cadera, espalda sigilosa y tibia, otra vez en mi memoria. Poco era el calor del sol pleno para el brote lento, sudor interior, agua del río, agua que alguna vez fue río, burbuja, beso en mi boca, y ahora río dentro de ti, fuera de ti plena de furia.
- Te quiero tanto que duele - dorada piel de arena madera, de piel llena de agua y verde, sudor mixto de río, aire, pudor.
-  Sabía que iba a ser así, en el río...- atiné colgado del aire hirviente en mi espalda, volteando despacio los cuerpos hasta dejar que el agua cálida mojara las cabezas, los cuellos, las infinitas manos tomadas, esperando lo necesario para seguir apretados en ese abrazo infinito, en el abrir y cerrar de bocas sudorosas.
Hoy, mil veces vistas y mil veces mas, estas imágenes vienen a mí como vientos suaves de día, de noche, sin tomar atención al tiempo que corre, dejando que solas tomen su rumbo, que decidan lo que quieren hacer allá dentro de mí con voluntad propia, instinto, lucidez o no.
Nunca he intentado borrarlas, estupidez de los cobardes, taparlas en guayabos perdidos, llantos solitarios.
Claro que tendré que enfrentar lo que aún no quiero.
Volvimos ese día sin un solo pescado y con mucha insolación. Dijimos que no, que no había nada, que no pescamos ni uno, que nos bajamos en una playa mas abajo a nadar y que se nos había pasado el tiempo. Tú estabas hermosa, más que nunca, creo que no te lo había dicho antes. Yo me sentía nervioso, no te burles, porque presentía que se me notaba en la cara la verdad oculta, que el abuelo o la abuela lo notarían, o peor, tal vez tus papás o los míos.  Creo que el abuelo lo notó: había complacencia  y sonrisa bajo el bigote.
Me sentía diferente, créeme, sabedor de un secreto que quería gritarle a todo el mundo, y que solo existía al mirarte, tomarte descuidadamente la mano por tu espalda, meter mis dedos por los huequitos del encaje blanco maravilloso y hacerte cosquillas en la cintura o en el ombligo, picarte el ojo mil veces y mil veces mas, planeando cómo nos haríamos otra vez el amor en el río, en nuestro ojo de playa infinita y cerrada, buscando en tu silencio y en tu mirada respuesta a mis planes, a mis sueños, a esa ficción que no es otra cosa sino realidad postergada, inevitable a mi voluntad.
Volver a amarte fue difícil. Sudaba el chinchorro hasta el día siguiente, pensando en ti. Tenía ojeras todos los días. Te juro que busqué escondites para amarnos, pedí prestada la canoa al peón mas amigo que tenía y me dijo que no, que no podía, que comprendía para qué la quería, pero que Lucho lo había prohibido.
- Tere, creo que el abuelo sabe lo que hicimos - te dije, entre el nervio y la rabia, como si fuera un niño de diez años después de una travesura...
- Lo que pasa es que estás ansioso y no ves las cosas con calma. Aquí no se anda con prisas, ya lo sabes. Todavía te quedan aquí muchas semanas, ya tendremos tiempo para escaparnos otra vez...- y de vuelta a la realidad el niño de diez al de veinte, me calmabas, me dabas ánimo, te llenabas el rostro hermoso y brillante de sonrisa cómplice de amor oculto.
¿ Por qué no estás ahora aquí para decirme cómo resuelvo esta pena por ti ?

Todos se fueron a la misa en Tucupita. Nos escapamos en la curiara hasta la playa nuestra, con tan mala suerte que comenzó a caer un palo de agua tremendo en la mitad del viaje, a casi dos horas de regreso a Ceiba Rota, en el mismo caño Manamo. Encontramos refugio bajo un techo viejo de palma - cómo olvidarlo - cerca de la orilla.  El abrazo, mas por tiritar que por amar, llevó a encontrar camino para unir lo aún tibio de la primera vez.
La lluvia en mi espalda y en la tuya era tambor de pasión, empuje, calor, retándonos a seguir su ritmo de relámpagos y vientos que movían el techo desgajado .
La arena estaba hecha fango en el pelo, piernas, axilas, orejas con besos y caricias, solo tenía palabras llenas de lluvia entrando en tu boca inquieta, mordiéndote sin mirar, girando sin saber. Tanta agua arriba y abajo, tanto ruido de cielo y corazón, tanto calor en el frío del aire no callaron ni tus gemidos ni los míos, cuerpos húmedos líquidos y fluidos, de agua y río, lluvia y sudor, saliva. Mil sabores en uno solo, mi lengua tomaba olor, agua de tu vientre, agua del cielo de tu tierra peluda y eléctrica... No hubo tregua hasta los truenos gritando con los dos el grito decisivo, dicha concentrada en un instante, gloria vaciada y detenida, lento pulsar amalgamado en fango y aire, hasta quedar dormidos bajo el agua del cielo que pareció detenerse en nuestro sueño desnudo, calado en los huesos, en el silencio del caño.
Tomó tiempo ver en tu piel arena el primer sol luego de la tormenta. Dejé tu cabello de fango, arena, aire enredado, tomar la forma de tu rostro para no despertarte. Hubiera querido hablarte, limpiar cara, pelo, orejas y olerte, decirte al oído el murmullo de las garzas, el canto reciente de un par de tucanes testigos, pero  preferí callar y mirarte, guardar esa visión hasta hoy, cuando no te tengo, cuando me pregunto por qué te separaste del aire.
Porque tengo que enfrentarlo de una vez, no dejar pasar más vientos cálidos, amarillos cantos de pájaros, saltos en aguas tibias de niños inagotables, llanto, mucho llanto, preguntas, mareos infinitos.
Muchas mañanas salimos al río a jugar con los perros de agua, las trampas de los turpiales, las correas de los búfalos. Al crecer sospechamos seriedades en las miradas, ver nuestras pieles blanca y madera, creer diferencias insalvables pronto desechadas, amigos en lenguas raras invitando al silencio o la risa, el desapego o el llanto, entender el calor en las manos como saludo, afecto, cariño o amor, despedidas silenciosas casi, años pasados demasiado rápido sin soñar mas fuerte que lo soñado, que siempre hay espacio para mas y no lo hicimos, y ahora no hay mas chance sino quemar este dolor, abrirlo al río para lavarlo, estrujarlo, sacarle la rabia y la impotencia, llanto, dolor seco, cortante y retorcido, vivo.
Lo que pasó fue que te moriste, mi reina, que te llevó el río, dicen ellos.
Que saliste una mañana en la misma curiara que nos llevó al paraíso, dicen que hacia abajo donde las garzas se devuelven.
No se encontró tu cuerpo hermoso pleno de arena brillante en tu piel de madera, tú tan fuerte llena de sangre, corazón, canto de pájaros, colores, nutrias.
No se encontró rastro, ni una huella en esta playa tan llena de las nuestras, en soles, lluvias, vientos, donde hoy ahora escribo esta carta que dejaré ir en el río que se lleva todo, hasta el mar que no llega nunca.
Es que el río sirve para eso también. Toda esa agua se lleva historias y tristezas que resuenan en los garceros, el lamento de los loros y las guacamayas al subir el calor como el sudor de mi frente alguna vez fue agua de ese río que va lejos.
El abuelo grabó en una piedra amarilla de la capilla, cerca de un vitral, unas letras para ti, sé te llegarán, no sé si por el rayo o por la lluvia.
No vi una lágrima en su cara, pero si las manos lloran, ese día y no otro vi las manos del abuelo llorar.
Me quedé a su lado, callado, viendo cómo saltaban por todas partes los trocitos de piedra que a veces me pegaban en la cara y en los brazos propios amarrados a mi espalda leyendo, poco a poco:

"El camino que conduce
al cementerio,
al lugar donde los pájaros
son menos bulliciosos,
se vuelve laguna
por unos llantos que vienen
del río"

Cuando la terminó se le quedó viendo largo, limpiándola con cariño y agua del caño, agua vida, luz de la casa.
Salimos al sol del mediodía distraídos sin saber qué hacer, hasta que llegamos a las escaleras que bajaban al río. Nos sentamos el abuelo y yo sin decir nada a ver pasar las toninas lentas en el sopor del aire. Te recuerdo a mis espaldas, porque tu sombra caía sobre la mía desde el sol alto de los techos de la casa grande, porque es mentira en ti la muerte.
Tenerte dentro de mí tan fuerte desde temprano era tomar agua fresca antes de salir a pescar, nunca te lo dije.
Serás siempre familia mi reina princesa, amiga warao, porque eres la finca toda tú, toda país Venezuela, caño río verde y pájaros, música de tus padres hermanos primos todos míos en mil noches plenas de estrellas, fuegos, guarapitas y  parrandas en el malecón de Tucupita.
Ayer, apenas ayer, crecimos juntos en la Ceiba Rota como mi alma sin remedio por irte tan pronto de mi vida, proyecto contigo, niños perros flores, nunca llegaron siquiera a soñar la casa que nos íbamos a hacer en la finca para vivir y ver crecer a nuestros búfalos, palmas, miles de orquídeas que iba a sembrar en los árboles para tener tu pelo lleno del mismo brillo amarillo de tu piel dorada, piel madera hermosa en las playas de amor pleno, historias fallidas que hoy no tienen ni fotos ni recuerdos, salvo los que guardo conmigo por lo que nunca llegó, nunca, lo que perdí por no estar a tu lado siempre.
¿ Comprendes el dolor que tengo ?
Hoy este río me lleva en la carta, ahora tuya, al mar en la curiara rojiamarilla, lejos de la lluvia que traerá tu respuesta y no veré caer suave tibia en la cala redonda y escondida de los caños grandes, oculta tras verdes infinitos por todos lados, ombligo de arena y agua clara en el medio del Delta, ojo gigante abierto en las corrientes y las selvas, mirando al cielo de nubes, pájaros de colores, relámpagos, para abrazarte, mi reina, como abrir la boca para besarte. 

Caracas, Junio 2003




Glosario:
Baba: pequeño cocodrilo
Tonina: delfín de río, de tonalidad rosado
Caño: río
Delta: referido al delta del Orinoco
Gavilán: pequeña ave de rapiña
Finca: tierra, hacienda
Chinchorro: hamaca más sencilla
Warao: tribu del delta
Pomalaca: fruto del cual se hacen dulces
Hablar pistoladas:decir cualquier cosa por llenar el tiempo
Perros de agua: especie de nutrias
Guarapita: licor hecho de frutas y aguardiente
Guacamayas: especie de loro grande, con plumas de varios colores
Cuyucuyú: pájaro
Araguato: mono pelirrojo
Curiara: bote muy plano, hecho de una sola pieza del tronco de un árbol
Cocuyos: insectos como luciérnagas, que brillan con luz propia
Turpial: pájaro símbolo nacional en Venezuela, de color amarillo y negro














EL CAMINO DE LA BÚSQUEDA
  11 de   marzo de 2008

            La tensa escena se desarrolló en una antigua mansión señorial de tres plantas, de las primeras décadas del siglo 20. Con una amplia puerta a la calle de doble hoja, muy alta y con un artístico trabajo de ebanistería. Seguro que el arquitecto se jugó a que por allí entraría y saldría alguna vez, alguno de los altos personajes de la época. En cambio las ventanas del segundo y tercer piso son pequeñas, de palomar comparadas con las actuales, sacrificando la luz a cambio de la intimidad. La fachada es hermosa; con ornamentos como para que los peatones se paren a mirar, cosa  por demás ajena a la costumbre de los habitantes de la ciudad. Encima del pretil como acusando al cielo, están las astas para izar las tres banderas, que en  aquellos años se usaba para lucir el patriotismo.
          Angélica se asomó a la calle desde allá arriba, desde la azotea. Parecía que algo buscaba… Luego con parsimonia, se acercó al mástil del centro y con ambas manos tanteó su firmeza. Aparentaba tranquila, sin ningún apuro, entretenida; su actitud no llamaba la atención. Nada hacía suponer qué estaba intentando hacer allá arriba dando vueltas alrededor de  aquel enorme palo.
           Una bolsa de nylon del supermercado ocupó después su atención. De ella comenzó a sacar una gruesa y larga cuerda, que enroscada como una víbora dejó en el pretil, buscó una de las puntas y se dedicó a atarla bien firme a la base. Estuvo tironeando de ella un buen rato, sin que quedara claro si aseguraba el nudo, o si quería tirar abajo ese enorme poste. Cuando le pareció, se sentó en el  pretil como a  descansar.
             Entonces se notó que la mujer tenía piernas blancas y gordas, y las caderas amplias de mujer robusta en plena madurez. Había en aquel cuerpo, no menos de noventa kilos. Se quitó su saco de lana y tomó la cuerda como una rienda, y tal como lo hace un jinete la envolvió con esmero en ambas manos. Después, con más agilidad de lo que se podía esperar, pero con mucho cuidado, volteó su pierna derecha hacia la calle. Aún parecía que nadie la estaba observando. Se corrió hasta fundar el pie en la cornisa y luego giró su cuerpo hasta fundar también el pie izquierdo y quedó dando la espalda a la calle. Ya parada sobre la cornisa, sostenía el equilibrio de su cuerpo con la cuerda amarrada a la bendita asta. Sólo le faltaba que fuera fiesta patria y flamear como la bandera.
             ¡Ahora sí!, en la vereda de enfrente alguien la vio y se puso a gritar:
-¡Miren…miren…miren!! Señalando a Angélica con la mano.
            La gente se detuvo. Primero los de la vereda de en frente y luego los que pasaban abajo. Se oían exclamaciones:
-¡¿Qué hace esa mujer?!!
-¡Se va a matar; se quiere suicidar! ¡Llamen a la policía, o  llamen a los bomberos!              Angélica como que ni se enteraba
-¡Pónganle una red!
-¡Tiren colchones en el piso!
             Ella se dejaba deslizar por la correa centímetro a centímetro, fundando la punta de sus  pies en las ingeniosas molduras que felizmente se le habían ocurrido al que hizo la fachada.
-¡Llamen a la puerta y suban a la azotea!
- ¡Apuren antes de que se mate!
             Pronto comenzó a darse cuenta que no podía soportar la presión de la cuerda en sus manos; se le estaban poniendo insensibles y  cada vez más moradas porque el peso de su cuerpo le ceñía la piola como un torniquete. Para evitar el dolor, ella intentó hacer el descenso más rápido; pero el roce le quemó y excorió la piel; quedó sangrando apenas, por la lenta circulación en las manos. Trató de descansar un poco apoyada en las ornamentaciones que parecían colocadas como a propósito. La sudoración le corría por la cara; tenía los ojos desorbitados por el esfuerzo y el terror. Se  debilitaban las fuerzas y apenas podía lograr contenerse. Cuando la cuerda  pasó sobre la saliente en la parte superior de la ventana, se alejó de la pared y la mujer ya no podo  alcanzar  un apoyo para los pies. Definitivamente colgando y desesperada por salir de aquella situación, tuvo el impulso de aflojar las manos de la soga y dejarse caer a plomo en la vereda. Pero en ese momento ¡apareció una niña de 10 años gritando en la azotea!:
- ¡Mamá…!! ¡No te tires mamá!!!
            Angélica la miró con alivio:
-¡¿Dónde estabas?…que te andaba buscando!
            Sofocada le costaba pronunciar aquellas palabras, pero mucho más le costaba soportar el estrangulamiento de sus manos amoratadas. Además de que le era difícil seguir,  ahora tenía la presencia de la hija que cambiaba su determinación. Trató de subir con un impulso sobrehumano; pero  desandar lo que había hecho era casi imposible. En el intento sólo pudo lograr ascender unos centímetros lastimándose las rodillas. La niña quiso ayudarla, se atravesó sobre el pretil estirando las pequeñas manos hacia su madre, y Angélica hizo otro tanto en la ansiedad por acercarse a ella.
            Abajo, los vecinos llegaban con colchones, almohadas y extendían en el suelo cuanta cosa creyeron que podía amortiguar la caída.  La policía y enfermeros corrían sin tener muy claro qué hacer; los bomberos parecía que se  demoraban en sus aprontes para el rescate. Las sirenas de las ambulancias se sumaban el griterío de todo el mundo dando órdenes que nadie tenía en cuenta.
             Madre y niña al fin se pudieron alcanzar, tomándose  ambas con tantas ansias como si nunca más se fueran  a separar. Agotada, exhausta,  Angélica logró prenderse con la punta de sus dedos al borde del pretil, pero ya en sus brazos  no le quedaba sensibilidad; no podía elevar el cuerpo ni un centímetro más. La niña tiraba por la ropa de la madre, ¡ya sólo las separaba el pretil! Pero había que sortearlo. Con lágrimas en el rostro, Angélica se desvaneció después de un tiempo que pareció una hora de tremendo luchar. Una de sus manos se escapó de la cuerda y el cuerpo bajó de golpe medio metro y en ese inesperado percance arrastró consigo a la niña. La pequeña no gritó, sólo atinó con rapidez y todas sus fuerzas a no soltarse de la madre, quedando prendida de ella con ambas manos y balanceándose en el aire.
               El asta y la pared, ahora no servían para ayudarlas. Los bomberos subían por la escalera de incendios, pero un árbol les impedía acercarla al lugar en que estaban las víctimas a punto de precipitarse sobre la gente amontonada. Los policías pudieron al fin organizarse; unos mantenían cortado el tránsito, ¡prohibían acercarse! Otros trataban de contener la gente y algunos intentaban subir a la azotea. Pero en aquel caos, ya no había nadie capaz de poner orden y término a la desesperación.
              La calle repleta de gente reventó en un clamor, unos por protestas y otros por auxilio. ¡Cundió el espanto! Las mujeres gritaban, como enloquecidas, algunas cayeron desmayadas en tanto que los hombres se esforzaban inútilmente por apaciguar a las que estaban en pleno ataque de nervios. Hasta que, alguien haciéndose espacio en el borbollón de gente,  logró subir a una tarima y desde allí, en medio de la calle por un megáfono con fuerza gritó:
-¡Corten…! ¡Corten…!
             Cosa que al principio mucha gente no entendió.  
             Después, los actores, un centenar de extras y otros tantos curiosos aplaudieron la actuación.
             La calle recobró su dinámica habitual. En su mayoría, tanto actores,  como extras y público en general, se fueron a vivir en los vericuetos de sus propias existencias, un personaje que, casi sin darse cuenta, sigue marchando detrás del índice de algún director principal.


                                                        

Son copas,  nada más.

                    Con mucho cuidado, fui sacando las copas nuevas de mí vieja caja.
                 Me esmeré desenvolviéndolas, con fruición, como si cada una fuera una joya. ¡Y sí, ella al menos eso era…!  Un cristal de Murano, su fineza y elegante forma, el tacto. De todo disfrutaba por tenerla en mis manos, porque aún vacía, ella estaba llena de significados.
            Las copas esquivaban platos, flores y servilletas; Parecían estar dispuestas a iniciar la fiesta; sólo les faltaba ponerse a danzar con el traje de luces que les ofrecía un rayo de sol no invitado, intruso filtrándose sesgado por la ventana.   
                 Pero no bailaban; y ella, en un solo pie se mantenía rígida como garza, sin moverse, a la espera de que alguien la llenase con champagne, esa alegría fácil y breve, para la tristeza larga después.
                 Trinaban a cada coscorrón unas con otras, luciendo aquellos cuerpos gráciles y transparentes. ¡Eran legres las copas de cristal!  ¿O tal vez como yo…ella sólo parecía vital durante las horas de fiesta?
                 Nos dábamos un beso apenas… luego dos, y después muchos más. Con el transcurrir de la fiesta y sin darnos cuenta, fuimos perdiendo nuestra individualidad y en el bullicio poco a poco  nos confundimos entre todo lo demás. Al final, nosotros también fuimos sólo bullicio. Ella y yo, volvimos a estar vacíos. ¡Tan vacíos como al principio!
                    Quisiera saber mucho más de todo lo qué soñé anoche…
              Me desperté borracho sólo de estar con ellas. Soñé que vivía una situación sin resolver, mezclado con las copas; con esos seres hermosos, fantásticos y  peligrosos a la vez.
                ¿Qué fue lo que soñé anoche?  ¿Qué fue, lo que ya despierto seguí pensando después?  Era como entrar en un mundo extraño, en el cual ella se dejaba llevar de la mano por caminos alocados e inciertos.
                  No sé qué me ocurrió anoche… que al despertar quedé buscándome, confundido y con un miedo flotante sin saber a qué. Un miedo tal, como el que suele sentirse por tantas cosas queridas. Por esas cosas que amamos a tal punto que asustan, pero que en silencio  disfrutamos también.
                  Tal vez sólo fue un sueño… imágenes... Imágenes de tanto querer estar contigo, mi fina copa  de cristal. 


         





                                  














José María Vargas: Un Médico Para Siempre








                                                                                    
La Gran Sorpresa

  Era un viernes ,13 en octubre del 2007, yo Juan Francisco Moroder Birg, estaba jugando un partido de fútbol en las canchas del Colegio San Agustín del Paraíso. Mi posición de jugador era medio, pues los medios siempre hacen la jugada. Estábamos 2-2, el partido estaba muy parejo, entonces Lucas, el arquero, me la pasó para hacer la jugada que definiría el juego y nos haría campeones del torneo. Yo la agarré y empecé a correr para pasársela a Alan , el delantero principal, pero de repente un grandulón  me derribó al piso y me quedé inconsciente.
  Cuando me desperté estaba en un cuarto raro con doctores y enfermeras. Me dolía mucho la cabeza y empecé a gritar:
- ¡Mi cabeza!  ¡Mi cabeza! ¡Qué alguien me ayude!
De repente un doctor se me acercó y me dijo:
- Hijo, ¿estás bien?  Yo comencé a pensar y lo vi y me di cuenta que se parecía mucho al del billete de 50.000 Bolívares.  Y  pensé:
-¿Él del billete de 50.000 Bolívares, no está la imagen de José María Vargas?, no, no puede ser el está muerto. ¿Pero si es qué viajé al pasado o es que es un sueño?
-¿Perdone Doctor, cuál es su nombre?
- Buenas tardes, yo soy el Doctor José María Vargas y yo voy a ser su doctor hasta que se recupere. Y esta es la Clínica de la Universidad de Caracas.
- ¡Doctor! , usted no sabe que es famoso?
- ¡Yo famoso!, para nada, yo soy un Doctor recién graduado hace 7 años. Es muy difícil que sea famoso.
- Pero, si usted es el Doctor más famoso en Venezuela, con el Doctor Juan Eduardo Moroder.
- Lo siento, yo no sé porque me dice eso, ¿se está burlando de mí?
- ¡No! , para nada, usted es mi héroe.
- De acuerdo, pero no creo ser famoso, porque casi nadie me conoce.
- Perdón, pero ¿qué fecha es hoy?
- Hoy es viernes, 14 de octubre de 1815 y usted parece que perdió la memoria.
   Me quedé sorprendido por lo que me dijo, pensé en dejar el tema de famoso para    otro día. Después empecé a pensar si me estaba muriendo y me puse más nervioso qué antes. Pero luego, vi él informe médico mío y vi que sólo había perdido la memoria (según los doctores).
Entonces el Dr. Vargas me dijo:
- Hijo, ¿quieres qué te inyecte un analgésico?
- No, gracias Doctor, es que estoy muy confundido por  todo lo qué me ha pasado.
- Perdón, pero ¿usted se recuerda lo qué le ha pasado?
- Sí Doctor, recuerdo que estaba jugando fútbol y un muchacho enorme me derribó,  después desperté aquí.
- Un dato muy interesante, pero ¿qué es fútbol?
- ¡Usted no sabe qué es fútbol!
- Disculpe, pero yo no conozco nada con ese nombre.
- Pero si en Venezuela se conoció entre 1848 y 1852.
- Perdone, pero estamos en 1815. Y ese deporte acá no es conocido por nadie.
- Bueno, pero como no sabe se lo voy a explicar.  Es un deporte que se juega con los pies, excepto el arquero que puede usar los pies y la manos, pero si un jugador usa las manos se nombra una falta y se le saca una tarjeta roja. Hay un árbitro que usa dos tarjetas: la roja y la amarilla. Y los jugadores usamos un balón de cuero lleno de aire para jugar fútbol.
- Y ¿cuál es objetivo del juego?
- El objetivo del juego es meter el balón en la arquería y eso se cuenta como un gol, que es una anotación o un punto para el equipo qué lo metió.
- Muy interesante. ¿Pero hay posiciones en este deporte?
- Sí, está el arquero que es el que para todos los balones para que no entren en la arquería, o cómo unos dicen ,la protege. Está el defensa, impide que los delanteros  metan el balón en el área del gol. Otra posición es la del medio, que es mi posición y   es el que hace todas las jugadas y también trata de impedir a los delanteros que metan el gol ,y es para mí la posición más importante; y está el delantero que es el que recibe todas los balones y es el que trata de meter el gol. Pero el medio también protege y mete el gol.
- Y ¿cuántos jugadores juegan en un partido de fútbol?
- Juegan 11 jugadores en cada equipo y la cancha se divide en dos partes, la del visitante y la del local.
- Ahh, unos niños en la calle al lado de la clínica juegan con un balón de cuero y  usan los pies para patear y pasarlo.
- Doctor, ese es el deporte que le he hablado.
- Esta bien , ya lo entendí.
El Dr. Vargas se levantó de su asiento y me dijo:
- Bueno hijo, me voy a ver otros pacientes y usted se puede ir, pero tiene que firmar algunos papeles.
- De acuerdo Doctor, pero ¿algún día lo puedo volver a ver?
- Por supuesto, cuando quieras. Hasta entonces adiós.
- Hasta luego Doctor, que le vaya bien.
- Igual gracias, que dios lo acompañe y lo cuide.
- Amén, igualmente.
Después de esa conversación con el Dr. Vargas, firmé los papeles y me fui de la clínica hacia un lugar más tranquilo.


Un Día Normal en Caracas

    Cuando salí del hospital, fui a la calle a ver cómo era Caracas en 1815. Pues quedé un poco sorprendido por lo diferente al Caracas de ahora, aunque era diferente, había cosas muy parecidas a las de la actualidad, como por ejemplo: había gente pidiendo dinero, gente cantando, gente hablando en la calle, accidentes, arrestos, y algo un poco común, pero cierto: gente bailando. En algunas calles habían tiendas, donde vendían cosas cómo: máquinas de escribir, periódicos pequeños en blanco y negro, artículos para caballos (porque era el principal medio de transporte), pelotas de cuero marrón que eran muy duras y diferentes a las de ahora, y unos radios enormes muy difíciles de usar.
    Cuando había recorrido algunas calles, me sentí un poco cansado, así que decidí buscar un lugar dónde dormir. Así que revise mis bolsillos y logré conseguir mi celular y mi billetera. El celular lo decidí guardar, porque no había recepción y ese objeto todavía no se había inventado y podría alterar el futuro. Encontré un billete de 20.000 y otro de 50.000 Bolívares, trate de usarlos pero nadie  en los hoteles los aceptaban. Así que le pregunté a varias personas porque no los aceptaban. Me dijeron que nunca los habían visto y con un billete de 20.000 me podría comprar dos casa, cerca de la Plaza Bolívar. Entonces decidí ir a esa plaza y ponerme a cantar y a bailar para que me dieran algo de dinero. Al cabo de un rato, había más de 30 personas a mí alrededor, viendo como bailaba de otra manera y como cantaba unas canciones diferentes a las de ellos, creo que ellos les había interesado mucho eso. Cuando terminé, tenía más de 150 bolívares. Llegué a un hotel llamado: “La Doña Inés”, que la noche costaba 10 bolívares, así que me registré, dormí y me fui a comer.
   Fui a desayunar en un lugar llamado “Las Cachapas de Luis” y comí una cachapa con queso telita y me tomé un papelón con limón. De repente, cuando iba saliendo del lugar, me encontré con el Doctor Vargas.
- ¡Doctor  Vargas!
- ¿Quién es?
- ¡Yo, Juan Francisco!
- ¿Quién?
- El del hospital, el que perdió la memoria.
- Ah verdad, perdón es que no sabía tu nombre. ¿Cuál es?
- Es Juan Francisco, pero me puede decir Juan Fran.
- Está bien, Juan Fran
- ¿Doctor por qué está aquí?
- Porque vine a desayunar.
- Ah verdad, perdón.
- Bueno hijo, ¿me quieres acompañar?
- Me encantaría, pero ya desayuné.
- Bueno, de acuerdo, pero, ¿nos vemos después?
- De acuerdo.
   Me fui del lugar, para irme al hotel a descansar un poco para luego salir a ver qué hacían los niños de ahí para divertirse

Vargas ¿Quién?
          
      En el hotel, traté de hablar con la gente para ver si sabían algo sobre los juguetes de esta época. Todos me decían que no sabían porque eran adultos, así que le pregunté a algunos niños y me decían:
- El caballito,  la perinola,  la pelota de cuero, el trencito, el palito y el aro, la bicicleta
y el monociclo.
   Me parecía que todos hablaban sobre la bicicleta y el monociclo, son dos cosas muy parecidas, entonces traté de usar la bicicleta. Me fui a una tienda y estaban vendiendo una bicicleta en rebaja y la compré por 6 bolívares. Empecé a montarla y era un poco incómoda y rara a la que usamos ahora. Pero al rato me acostumbré y me fui al Teatro Cardozo, recién inaugurado, a ver una obra de teatro francesa.
   En el teatro me encontré de nuevo con el Doctor Vargas. Lo vi y lo saludé y él me dijo que me sentara con él. Me senté con él y de repente vino un hombre y gritó:
- ¡Ayuda!, ¡Qué alguien nos ayude!
- ¿Qué pasa? Dijo el Doctor Vargas.
- Mi esposa, mi esposa va tener un bebé.
- ¿Cuántos meses lleva embarazada?
- Como 8 meses y medio.
- Está bien, yo soy un Doctor, yo la asistiré en el parto.
- ¡Gracias señor! Muchas gracias.
   El Doctor Vargas asistió el parto, y después de 30 minutos nace un hermoso bebé. La mujer muy felizmente le dice:
- Gracias, Doctor se lo agradezco mucho. Dios lo bendiga.
- Por nada, fue un privilegio para mi y usted tiene un hermoso bebé.
   El hombre se acerca al Doctor Vargas y le dice:
- Sabe usted algo, usted es un hombre muy noble y usted debería ser Presidente de Venezuela.
   Yo pienso y veo, porque él debería ser Presidente y debería ser recordado. El doctor Vargas es una persona amable, noble, perseverante, samaritano, buen ciudadano y lo más importante es qué es mi amigo.
   Cuando regrese a mi época (si es que regreso), haré que sea recordado por lo qué   fue y por lo que pudo ser. Tuve ganas de decirle  al Doctor Vargas que él  iba ser Presidente y que iba morir el 3 de marzo de 1854. Pero pensé: mejor que él lo sepa  por sí mismo.
   En menos de un minuto, me desperté y vi qué estaba en el suelo de la cancha        de fútbol y unos paramédicos me estaban viendo. Pensé y me pregunté  a mi mismo porque estaba en la misma cancha de fútbol del mismo partido. Le pregunté a un paramédico: 
- ¿Dónde estoy? ¿Cuánto tiempo tengo aquí?
-  Estas en la cancha de fútbol del Colegio San Agustín del Paraíso y sólo te desmayaste por 5 o 6 minutos. Por suerte estábamos aquí atendiendo a un niño con una cortada, me dijo un paramédico.
- A okay, gracias
- De nada.
- ¿Cómo te llamas?
- José Ignacio Vargas.
- ¿Pariente de José María Vargas?
- Si, es mi tatarabuelo. Wau, casi nadie sabe quién es y casi nadie me pregunta eso. ¡Qué bien que estés informado!
- Tu tatarabuelo es mi héroe… y merece ser recordado e informar a este país para que sepan quién es.      













































































































































































































































































































































































































































































































































Juan Francisco nació el 2 de febrero de 1996, en Caracas, Venezuela. Estudia 6to grado en la Academia Washington, un colegio bilingue, castellano-ingles.
Es buen estudiante y considerado como un niño brillante pero parlanchín.
Es un buen deportista, hace atletismo y juega para el equipo de futbol del colegio.
La niña que la acompañó se llama Mariana Feo, estudia con él.
Desde muy pequeño que le gusta escribir, además de cantar,  bailar y jugar al futbol. Hace comerciales para la television  y escribió este cuento el día  20 de enero de 2008.       
Juan Francisco Moroder y Mariana Feo
Juan Francisco Moroder
Mariana y Juan Francisco
Nube

Me preguntas en qué parte de la casa estoy.
Como te conozco, sé de tus malabares con las letras.
Sé también lo lejos que estás de las matemáticas.
Así que, ¿en qué parte de la casa estoy? pues en el sótano, o mejor dicho, en los cimientos.

Este es un sitio húmedo y frío, desprovisto de todo alarde espacial.
Lo único interesante es el vacío, y el sol cuando apenas discurre unas horas sobre este hueco enorme hecho en la parcela de mi alma.
Son esos escasos momentos cuando me siento alguien que proyecta una sombra en los grumos informes del pozo, que puede mirar arriba y ver el paso silencioso de las nubes.
En ese vacío luminoso por ratos veo estructuras armadas formando recintos, pilares sosteniendo lo que tal vez algún día sea un salón en el medio de mi cuerpo para cuidar mi amor por tí, la música de algún baile olvidado del trópico, el abstracto arte, la escultura pausada de tus reflejos luminosos en los espejos.

Eso, y no otra cosa, es lo que me motiva a seguir removiendo piedras y tierras amargas, para conformar al menos un silencio que me permita sobrellevar la pesada carga de mi vacío y mi soledad.
Esas piedras, con dolor y trabajo, las estoy depositando allá arriba, fuera del pozo, quizás para usarlas en algún muro no muy grande, pero muro al fin, para recordarme algún día dónde estaban, de dónde salieron, cómo y quién las sacó, y sobre todo, por qué: cada vez que salgo del hueco para seguir con lo cotidiano me siento ajeno, poco dueño, inútil y estéril, en el medio del mundo volátil, exigente, fértil. Y eso me jode mucho.

Siempre me he sentido fuerte, quizás demasiado, muy dueño de mi tiempo, mis vicios, mis amigos, y ahora nada. Nada. Se dice rápido pero pesa mucho.

También la tierra que escarbo hoy es oscura, áspera, nada dulce. Parece que no quiere separarse de las rocas pesadas, grandes y lentas que tropiezan mi camino. Tengo las uñas descarnadas, la piel de mis nudillos fritas de hielos y calores, las palmas de mis manos un mapa arrugado después de un largo viaje.

Esas manos en algún momento dibujaron casas claras y limpias sin trampas, se atrevieron a plantar cara al blanco del vacío y pelear con los colores y las tintas, se encontraron con memoria en sus dedos para soltar notas en instrumentos dóciles, y además, esas manos conocen la ruta entre tus besos y tu ritmo.

Ahora no dibujan no pelean no recuerdan, no transitan tus parajes incógnitos.
Ahora a duras penas soportan mi peso al dormir en estos desiertos urbanos, como un desheredado más de la tierra.
No tengo ni siquiera los esbozos, algún dibujo nervioso hecho en los pocos momentos de lucidez, que me hable, me diga, cómo debo construir esto que me agobia y que tanto necesito.
Sin embargo, tengo la intuición de tus pasos, un recuerdo aún no vivido de tu imagen bailando, cocinando, jugando en un jardín lleno de agua en el aire, en un salón pleno de luz y color, con miles de flores a mi lado.
Esto, y no otra cosa, tengo.
Esto me motiva a levantarme y seguir.
Esto me mueve el alma y me ayuda a morder la tierra, a gemir callado mi dolor cuando muevo piedra a piedra el espacio vacío de esta excavación profunda que me toca vivir ahora.

En algún momento, indicado de seguro por la misteriosa forma de alguna nube, por el cambio en la tonalidad del aire, por la llegada repentina del viento del mar, sabré que llegué a donde no debo excavar más.
Sabré entonces que ya no habrá más sangre en manos, alma, oidos.
Sabré dónde irá el primer pilar, la primera columna sobre la cual irán vigas y cubiertas, espacios y lucernarios, ventanas abiertas a pájaros y escarabajos, en donde algún día, amiga, sabremos encontrar la forma correcta de tomarnos las manos y sonreir en silencio, mirarnos, ver el paso del colibri y la nube.

Sabremos, en fin, que hemos vivido para esto.







14. Sefaraditas
29.Salvemos  el Planeta
28.D.Humanos
30. Nathan.Novik
DE RECUERDOS TAMBIEN.

A mi lo único que no me falla es la memoria, ¿sabes? Me acuerdo hasta del par de zapatos que me puse el primer día de clases, sobre todo porque no me gustaron, nunca me gustaron los zapatos que me compraban. Y a ti se te olvido esta servidora, lujo que te das. No puedes recordar el día en que nos conocimos y eso que a mi casi se me incendia la ropa por culpa de un encendedor escandaloso. Me ayudaste a apagar las chispas y yo no podía dejar de mirarte. Eras lo que estaba dejando de buscar, después de tanto encontronazo insípido y a ciegas. Te reíste con la medida exacta, hablaste de lo que yo quería oír y esa noche hicimos el amor. Hicimos, reescribimos, recreamos, redondeamos. Se te olvida que la madrugada me lleve tu suéter y te deje un papelito con mi nombre y me di cuenta que no sabía el tuyo, nombre para repetir obsesiva y que alguien me diría después. No recuerdas que llegaste a mi y al suéter quién sabe cómo y desde ese día de verano tedioso seguiste en mi-conmigo, por cinco semanas largas, imprecisas, saboreadas, desconcertantes.Cinco semanas parecidas a crecer y nunca terminar, a no estar estando, a queriendo sin querer.
Deberías recordarlo. He cambiado bastante, la que te cuento era yo pero con otra forma y otro fondo, por eso te disculpo aunque quiera que recuerdes.
Recuerda la noche aquella en que fuimos a no se cuál reunión trasnochada y al poco tiempo te largaste sin decir palabra. Me emborrache sola y luego te contarían el baile que improvise en tu homenaje, sobre una mesa de vidrio. Acuérdate. Después, a raíz de esto, nos agarramos a golpes, con ira en tu habitación y no pude sentirme victima a mis anchas. Tú quedaste peor que yo, desapareciendo un día entero que debo restar. Te espere sentada en la acera hasta que me dolieron los ojos de mirar tanto el camino por donde regresarías. No volviste esa noche. Volviste a la siguiente, otra vez con la medida exacta en la sonrisa. La que tienes todavía y eso que pasaron tantos años.
No recuerdas la última semana, es en la que yo me sentí verdadera y resurrecta, esa en la que desciframos cada respuesta, cada año por venir, cada propósito.
Días inmensos, habitados por todo lo que yo había perdido y por fin recuperaba, ¿de veras no lo recuerdas?
Vivimos con la piel de los dos entretejida, con las palabras al unísono, con los cuerpos en equilibrio, la intensidad trepo alturas mayores, jugábamos juegos que yo nunca había jugado. La vida se ordenaba sin titubeos, frontal. Exorcizada. Real y alcanzable. Y no te acuerdas por que un día te fuiste y no regresaste jamás. Me quede sin ti y sin mí. Perdí el sentido de todo, no hablaba ni oía, la vida se puso en desorden, el silencio rodaba por mi casa y lo recuerdo bien, tenia volumen.
Sin embargo, el tiempo -implacable en los boleros y juez de paz para mí- me regaló una segunda resurrección y la ilustre oportunidad de volverte a ver amigo desmemoriado, querido amigo. Quizás este recordar mió que te asombra y te hace mover la cabeza con indulgencia, sea de otra y me lo contaron. Por eso tú no te acuerdas y yo lo vea tan lejos que estoy empezando a olvidar. De todos modos, como te decía, entre las cosas que me fallan, esta la objetividad.
Deberías venir conmigo esta noche, para indagar en los recuerdos y en los olvidos.

Laura Alcoba
Para A.F. en la madrugada
de un 27 con Luna en Escorpio.
(Serie Confesiones aparte)





Pistas

Habrá seguro una forma de entender tu belleza que me trastoca, me aturde, me saca de mis escasas fronteras para enseñarme cómo debe ser la piel de los amantes, llena de huellas, trazos, historias de cada sombra de tu cabello sobre el pasto blanco de tus sábanas.
Habrá quizás una idea regular que me explique casi con números el largo, ancho y profundo de tu boca abierta para besarme, absorberme lento hoy, ayer, mañana.
Habrá también quien encuentre en tus movimientos un pentagrama de compases -¿quién lo ve sino yo?- rítmicos a pesar de tu silencio, de tu tambor incesante sobre mi piel tensa.
De esas certezas escribo mi libro cotidiano interior, ahora pleno de páginas en blanco listas y prestas, hambrientas a recibir y compartir secretos.
De esas verdades sólidas como la órbita de los planetas se llena este lado vacío de mi cama, donde soy apenas un errante satélite a merced de tu gravedad.
Puedo entender el paso lento de los caracoles, y también la caída veloz del rapaz cazador sobre su víctima, pero me cuesta entender la distancia forzada, el eco rebotado de las palabras en un teléfono, el no mirar tus ojos.
Puedo entender la magia de la cebolla hecha transparencia en el aire de mi cocina, y también la maravilla del hielo, brillante diamante en el calor del verano, pero me toma mucho tiempo girar la mirada y no tener tu olor de mañana.
No preguntaré nada que no sea la incógnita de tus movimientos lentos y pausados.
No haré cuestionamientos ni presentaré quejas al aire que cada despertar me recuerda, entre vértigos, mi soledad.
Solo abriré la ventana, y dejaré entrar parte de las miles de semillas que flotan desde los parques: los primeros brotes, las primeras hojas desde ese primer tallo, me traerán pistas sobre tu próxima llegada.

Isaac Estanislao (Caracas, 1956)
Arquitecto, USB 1982
Divorciado, 2 hijos
Español-venezolano, resido en Madrid desde 2006, en España desde 2003.